El arte de olvidarte
Cruce de calle, doble a la derecha, seguí dos cuadras, volví a doblar a la derecha; a unos pocos pasos vi mi peor pesadilla, aquel puente de hierro al que se le cae a pedazos la pintura. Por primera vez no solo fue temor lo que sentí cuando estuve a unos metros de él, una vergonzosa compasión movilizó mis piernas y me llevó del otro lado. No tengo idea de como volver, ¿habrá otro puente más adelante? Espero que sí, no quiero volver a cruzar por las vías. Una risa me atrapa y me lleva a ese caminito lleno de casas coloridas (por favor, no), aturdida de agudas risitas, confeti con formas de amores que habitan el lugar decoran nuestros pasos, brillantina cae como lluvia tibia abrazando cada centímetro de nuestra piel, unidos por el suave terciopelo conector de almas, un zumbido rítmico desde lo más profundo nos apura cada vez que miradas se cruzan, cada extremidad llora extasiada del calor provocado por…
Miro mi mano. Liviana, solitaria y fría.
Cierto, el puente.