A un amigo mío, Julián, le pasó algo que hasta hoy no sabe explicar.
Vivía solo en un apartamento viejo, de esos donde el piso cruje aunque no camines y las paredes parecen respirar de noche. Una madrugada, alrededor de las 3:17 (la hora se le quedó tatuada), se despertó con la sensación clarísima de que alguien lo observaba.
No era un ruido. No era un sueño. Era esa certeza pesada, como cuando sabes que alguien está detrás de ti sin voltear.
Abrió los ojos… y vio la silueta.
Estaba parada junto a la puerta de su cuarto. Alta. Demasiado quieta. No tenía rasgos definidos, solo una sombra más oscura que la oscuridad misma. Julián intentó gritar, pero el cuerpo no le respondió. Sintió cómo el aire se volvía espeso, casi sólido, y un frío que no venía del ambiente, sino de adentro.
Entonces la cosa dio un paso hacia la cama.
En ese instante, el espejo del armario —que daba justo frente a la cama— reflejó algo que no debía estar ahí: la sombra no tenía reflejo… pero detrás de ella, en el espejo, había otra idéntica, sonriendo.
Julián cerró los ojos con fuerza. Pensó que si no miraba, no existiría.
Cuando por fin pudo moverse, la habitación estaba vacía. Silenciosa. Normal.
Pero al levantarse para encender la luz, vio algo que le heló la sangre: en el espejo, marcado con vapor desde el otro lado, había una frase escrita con un dedo invisible:
“Ahora sabes que no estabas solo.”
Desde esa noche, Julián siempre duerme con la luz prendida.
Y evita los espejos cuando se despierta a las 3:17.
Porque jura que, a veces, la sonrisa sigue ahí… esperando.
Ésto le pasó a un amigo mío