El día que encontré el reloj, estaba teniendo el peor martes de mi vida.
Nada grave, nada trágico… solo uno de esos días pequeños que se sienten gigantes.
Me levanté tarde.
Derramé el jugo sobre el uniforme.
Olvidé la tarea de matemáticas.
Y mi mejor amiga, Valeria, ni siquiera me miró al llegar al salón.
Eso dolió más que todo lo demás.
Valeria y yo éramos de esas amigas que parecían pegadas con pegante invisible. Desde primaria. Desde las loncheras compartidas. Desde los secretos susurrados en los recreos.
Pero últimamente… algo estaba raro.
Como si yo estuviera hablando desde un lado del vidrio y ella desde el otro.
—¿Te pasa algo? —le pregunté en el descanso.
—Nada —respondió seca, sin despegar la vista del celular.
Nada.
La palabra más fría del mundo.
Suspiré y me senté sola en una banca del patio. Fue entonces cuando lo vi.
Debajo del asiento, medio escondido entre el polvo, había un reloj plateado.
Antiguo. Pesado. Con números romanos.
No era de esos digitales que todos usan. Parecía sacado de una película vieja.
Lo tomé.
Estaba tibio.
Y cuando giré la perilla, las manecillas comenzaron a moverse hacia atrás.
Tick.
Tick.
Tick.
El mundo se quedó en silencio.
Sentí un jalón en el estómago, como cuando el bus frena de golpe.
Parpadeé.
Y de pronto…
Estaba otra vez entrando al colegio.
Con el jugo intacto.
El uniforme limpio.
Cinco minutos antes.
—¿Qué…? —murmuré.
Miré la hora.
Exactamente cinco minutos antes de haber encontrado el reloj.
Mi corazón empezó a latir rapidísimo.
—No puede ser…
Probé algo.
Corrí hacia la tienda y choqué a propósito con un chico.
—¡Oye, fíjate! —me gritó.
Giré la perilla.
Tick. Tick. Tick.
Retrocedí.
El chico volvió a caminar como si nada hubiera pasado.
Yo no lo había chocado.
Se me helaron las manos.
Podía volver atrás.
Cinco minutos.
Cinco malditos minutos para arreglar cualquier error.
Y por primera vez en semanas… sonreí.
Ese día lo arreglé todo.
Entregué la tarea a tiempo.
No manché el uniforme.
Respondí bien en clase.
Todo perfecto.
Hasta que llegó el último descanso.
Valeria seguía ignorándome.
Sentí ese hueco feo en el pecho.
Esta vez no quería equivocarme.
Me acerqué con cuidado.
—Oye… si hice algo que te molestó, perdón —dije bajito.
Ella me miró, cansada.
—A veces siento que ya no me necesitas. Siempre estás en otras cosas.
Me quedé callada.
¿Yo?
Iba a responder… pero dije algo torpe:
—No exageres.
Su expresión cambió.
Ups.
Giré la perilla.
Cinco minutos atrás.
Otra oportunidad.
—Perdón —dije diferente esta vez—. Últimamente he estado distraída… pero tú eres mi persona favorita, ¿sí?
Sonrió un poquito.
Funcionó.
Sentí alivio.
Pero esa tarde… usé el reloj otra vez.
Y otra.
Y otra.
Para respuestas más perfectas.
Para chistes más graciosos.
Para no tropezar.
Para no equivocarme.
Para ser mejor.
Hasta que, sin darme cuenta…
Empecé a vivir menos.
Porque cuando todo sale perfecto… nada se siente real.
Y entonces cometí un error que ni mil retrocesos pudieron arreglar.