Aprendió a pedir permiso antes de hablar.
Antes de sentarse.
Antes de existir.
El hombre decía que era por su bien. Que los golpes eran correcciones, que el amor a veces dolía, que ella lo provocaba con su torpeza. Después de cada golpe venía la explicación, y con el tiempo eso fue lo que más le enseñó: a dudar de sí misma.
Cuando estaba sola, ensayaba respuestas frente al espejo. No para defenderse, sino para no enfadarlo. Su cuerpo se movía con cuidado, como si el aire pudiera romperse.
Un día la puerta quedó abierta.
Nadie la vigilaba.
Podía irse.
Se quedó quieta, esperando la orden que no llegó.
Esa noche, cuando él volvió y levantó la mano, ella respiró hondo antes del impacto. No lloró. No gritó. Solo pensó, con una calma que daba miedo, que al menos así el mundo seguía siendo predecible.
Y entendió lo peor:
no era que no pudiera irse…
era que alguien le había enseñado
que el dolor era más seguro
que la libertad.