La niña creció en una habitación sin ventanas.
No sabía contar los días porque allí el tiempo no existía; solo aprendió a contar los pasos del hombre que venía por las noches y el ruido del cerrojo cerrándose otra vez.
Nunca pensó que estuviera castigada.
Creía que así era el mundo.
Le daban comida, le hablaban poco, la tocaban como quien revisa un objeto para ver si sigue funcionando. Cuando lloraba, le decían que era especial, que afuera nadie la querría, que aquello era cuidado. Con el tiempo dejó de llorar. El silencio también era una forma de sobrevivir.
El día que la sacaron, el sol le quemó los ojos.
Las personas gritaban palabras que no entendía: rescate, monstruo, justicia. Ella solo temblaba, esperando que alguien cerrara otra vez la puerta.
En el hospital vio un espejo por primera vez.
Y luego escuchó a los adultos hablar, sin darse cuenta de que ella entendía más de lo que parecía. Supo entonces que no era normal. Que no era amor. Que no era cuidado.
Esa noche preguntó algo muy simple:
—¿Por qué me hicieron eso?
Nadie supo qué responder.
Y fue ahí cuando lo entendió todo:
no había estado encerrada por ser especial…
sino porque alguien pudo hacerlo
y el mundo tardó demasiado en mirar.