Según cuenta una leyenda japonesa, un joven samurái vivía junto a su hermosa esposa y su hija en una vivienda muy humilde. Apenas tenían bienes materiales ni adornos en la vivienda. Eran muy discretos, y a la mujer no le gustaba dejarse ver en público.
Pero un día, el reino cambió de rey, y todos los jóvenes samurái fueron llamados a conocerle y a disfrutar de una fiesta en donde el comercio también estaría presente. El hombre acudió al encuentro, mientras su mujer, que era extremadamente tímida, se quedó en casa junto a su hija.
A su marido se le ocurrió llevarles a su mujer y a su hija un detalle de la fiesta, y juntó todos sus ahorros para comprarle a su hija una muñeca y un espejo pequeño para su mujer, ya que ella no tenía ninguno.