Recuerdo los portones que se abrieron para dejarme verte en esa noche de navidad.
Esa vez, deseaba más que nunca tener cámaras en los ojos, para no poder permitir que mi mente me engañase con lo que recordaba, porque sabía que ningún recuerdo sería digno de tu belleza esa vez.
Me habías invitado a dar un paso que a mí me importaba menos que menos, pero el conocer a tu familia, para ti era una de las cosas más grandes que podría hacer por ti.
Recuerdo perfectamente estar con mi hermana, allí de pie, ella palmeándome la espalda porque tenía que irse. Sabía mejor que nadie que eras lo más importante para mí, y que tu familia quizá podría adoptarme como a otro hijo más.
Sabíamos que la nuestra nos había rechazado a mí y a mi hermana hacía mucho, mucho tiempo. Pero, por más que intenté mantenerme en el concepto ínfimo de la falta del hogar, tú lo arruinaste con facilidad.
Me gustaste porque tenías mil ideas estúpidas, y todas habían sido impulsadas por una familia que no había tenido nunca. Pero me enamoré de ti en el instante en que te enojaste conmigo por tener una idea nula de lo que era una bonita navidad junto a mis familiares.
Me sentía totalmente neutral cuando me lo propusiste, porque nunca había optado por festejar la navidad, pero cuando estuve frente a tantas luces, tantos niños corriendo con una sonrisa, y tantas personas brindando entre bromas, entendí lo que para ti era la familia.
Ese calor y esa paz, era la familia.
Entendí por qué estabas tan dispuesta a morir por ellos, como me habías dicho una vez de forma tan casual.
Nos saludaste con calidez mientras corrías hacia nuestra posición, nos sentimos bien. Nunca nadie nos había recibido de tal forma.
Mi hermana, que había estado allí, acariciándome la espalda para darme fuerzas, como siempre lo había hecho, se quedó congelada cuando le dijiste que pasara ella también.
Ella apretó los labios, negándose, ella no estaba allí para quedarse.
Pero tú eres mágica, y en el instante en que la tomaste de la mano, de la misma forma en que lo hiciste conmigo, cedió en una medida de tiempo tan diminuta que pienso que aún no ha sido descubierta ni nombrada.
Sonrieron ambas con complicidad, y yo seguí estando de pie sólo porque caerme de la impresión no era mejor opción.
Y cuando te volteaste hacia mí porque notaste mis nervios, sólo quedabas tú. El resto sólo era un escenario donde los reflectores te pertenecían, al igual que yo.
—Lo siento, ¿te casas conmigo?