Quería decirle todo, y enfrentarle cara a cara. Quería llorar y pedirle que lo intentaran una vez más. Quería abrazarle y decirle que sólo podía sentir por su alma, lo que por ningún otro cuerpo. Ella ya se había enamorado.
Miraba el cielo cada noche, con la esperanza de mirar lo mismo que Él.
Él inmortalizaba sus fragmentos de cielo, guardando cada uno para ella.
Los dos recolectaban estrellas, pensando que significarían los mismo para el otro. Lo que no habían aprendido es que las estrellas, de lejos, suelen ser hermosas...pero jamás sabrían admirarlas de cerca.
Aún les faltaban muchas noches mirando la misma luna, para dejar de recolectar estrellas, de ver un cielo que no existía, pero sobre todo...aprender a amar las luces de lejos, y perder la ambición de mirarlas de cerca.
En seis meses, se ganó su atención y cariño, lo vivió y luego lo dejó ir. No se fue porque ya no lo quisiera, se fue porque también se quería a si misma.
Tal vez algún día lograría decirle adiós de frente. Mientras ese final llegara, realmente esperaba que Él fuera feliz, ella definitivamente no podría serlo en mucho tiempo.
Aunque no lo quisiera, en el fondo sabía que aún lo esperaba. Había elegido la fecha más cruel para romperle el corazón. Lo sentía, ¡porque en su mente le seguía llamando amor! porque realmente seguía amándolo, pero un día de San Valentín, trató de amarse más a ella que a Él.
El ya no le gustaba ¡Claro que no! Ahora le amaba. Extrañaba decirle amor... Sobre todo por las mañanas, cuando despertaba entusiasmada esperando sus buenos días. Y entonces llegaba la realidad golpeándola brutalmente, al desbloquear el teléfono ¡Y su mente le gritaba que lo había dejado ir! Ella también estaba sufriendo. Ella también lloraba el 14 de febrero.
Pero su amor propio, pudo más que todas las noches en las que se inventaron un cielo. Su amor propio pudo más que su amor hacia una persona, que viviría enternamente enamorado de las inalcanzables estrellas...Antes que de ella. 3.