Ahí estaba, ese pequeño chico de ojos cafeces claros como los míos. Brillantes, parecidos al café de todas mis mañanas. La sonrisa más hermosa que podía contemplar en secreto.
Así es... La de mi mejor amigo.
"¿Enamoramiento? ¡Ni pensar!" O bueno, tres palabras que negaba hace tiempo. Así puede ser, el amor sale cuando menos te lo esperas.
Era una mañana como cualquier otra; cálida, recorfortante, con nerviosismo a la vez. Mi corazón latía a mil por hora, solo por esa sonrisa que él me dió.
Era primavera, un 20 de Marzo parecido al de cualquier otro.
***
Ya saben, la vida de un estudiante es una de las cosas más bonitas que pueden pasarse en la adolescencia, y más cuando llega ese amor de estudiante. Alguna vez lo hemos sentido.
Me preparé para ir a mi preparatoria; lo típico de todas las mañanas.
Estaba por alguna extraña razón feliz, algo que llevaba hace tiempo sin sentir.
Sentí un pequeño roce sobre mi mano derecha.
—¡¿Quién lo hizo?!— una pregunta que me empezó a mereondar en mi cabeza.
No lo sé, no sé quién habrá sido porque siguió su rumbo; justo llevábamos caminos opuestos. Solo contemplé que era algo pequeño, más que yo.
Pasaban las horas, en medio de clase, y, aún recordaba ese pequeño roce tan electrizante y cálido. Nunca había sentido algo así.
—Emily, ¿estás poniendo atención?— preguntó mi maestra algo molesta.
¡No puede ser! Dejé varar mis emociones en medio de la nada.
Lo único que pude dar como respuesta, fue una leve sonrisa y un asentimiento por parte a lo que dijo; aunque realmente no prestaba atención.
Pasaron las horas, parecía eterno porque no sabía realmente quién era ese chico. Sentía mucha curiosidad por saber quién era. Ya saben, la cabeza llega a ser tan terca que, ese pequeño momento, no deja de aparecer hasta que deja de ser marcado en todo tu ser.
Pronto, una pequeña noticia apareció frente a mis ojos; era ese chico. Pequeño, de piel pálida y blanca; el chico que hizo el pequeño roce contra mi mano.
Mis rubores aparecieron de una manera muy inexplicable. Eran leves pero seguros. Mis ojos se llenaron de mucha emoción al verlo. Era mi primera vez pero, no sabía qué era ese sentimiento.
¿Amor a primera vista? Ni pensar.
—Este es nuestro nuevo compañero llamado Emilio; padece de un problema de la vista. Es ciego pero, espero y le den una cálida bienvenida— dijo mi maestra, quien, lo llevó a un asiento frente al mío.
No le podía ver sus ojos, ya que llevaba de unos pequeños lentes redondos color negro. ¿Cómo podrán ser?
Una pregunta que me volvió a aparecer por curiosa.
Llegó el receso, al parecer, nadie le había hablado en todo el momento, incluyéndome a mí.
Le dí un pequeño golpecito con la yema de mis pulgares; era mi primera vez tratando de hablarle a alguien.
—Hola, Emilio. Me llamo Emily; un gusto en conocerte— dije con una sonrisa sudorosa. Espero y esto salga bien.
—Qué coincidencia, eres mi nombre en otro género— dijo él con una sonrisa.
No pude evitar sonrojarme; era la sonrisa más bonita que nunca había visto.
Y pensar en su respuesta, era una pregunta que no se me había ocurrido.
—¿Quieres ser mi amigo?— le pregunté con una sonrisa. Creo que vamos bien.
—Nunca pensé que alguna chica me pidiera esto. Y claro; me alegra escuchar que, de acuerdo a mi discapacidad, estás de acuerdo con hablarme.
—No por tener una discapacidad tengo que verte como alguien diferente— contesté. Es más, él hizo que me sonrojara de esta forma.
Él solo sonrió y asintió a mis palabras.
Desde ahí fue cuando lo conocí. Fue mi mejor amigo.
Era temporada de otoño cuando lo conocí, un 12 de Octubre; aún recuerdo esa fecha como si fuese el primer día.
Salimos, jugamos, nos divertíamos mutuamente. A veces él no podía hacer ciertas cosas por su problema de la vista, pero, siempre hacía lo mejor, y eso me ponía muy orgullosa de él.
Muchos compañeros lo usaban como objeto de burla, incluyéndome a mí por estar junto a él. No me importó ni en lo más mínimo; ellos se pierden de una gran amistad como la de él.
—Emily, creo que es mejor no hablarnos... No quiero que sufras por mi culpa— decía él muy apenado.
—¿Crees que le haría caso a ellos? No dejes que te ganen con sus palabras; yo no perdería a una amistad como tú.
—Eso no es tan seguro...
—Emilio, eres mi mejor amigo. No te dejaré ni aunque tú lo pidas. Pero, si te estoy haciendo daño debería dejar de serlo; solo no quiero que sufras...— y es cierto, él es la amistad más bonita que nunca había experimentado.
Solo sonrió, me tomó de mis manos y me agradeció.
Pese a esas dificultades seguimos siendo amigos, sin importar las indiferencias que los demás señalaban de nosotros.
Todos los días era costumbre acompañarlo a su casa, siempre llevaba de su bastoncito para caminar. Sinceramente no entendía cómo era de cómo lo usaba pero, siempre me sacaba de mis dudas. Es muy listo, simpático y lindo.
Hubo un día en que cambió todo aquello; la vez que lo perdí.
—Ya mañana es 20 de Marzo, así que, quiero cumplir mi último deseo.
—¿Deseo?— pregunté curiosa mientras veníamos de salida de la escuela.
—Te invito a una cita. Si es que quieres, claro. Tengo algo importante qué decirte —contestó él sonriéndome.
Aunque nosotros dos salíamos de vez en cuando, esa era otra forma de salida a la que casualmente no llevamos. Me puse toda colorada mediante a sus palabras; ¡me emocioné!
—Claro, ¡iré con gusto, Emilio!— le respondí. Aunque él no me miraba mi rostro, presentí que él lo sentía; sentir esa sensación que llevaba dentro de emoción.
Llegó ese día; un sábado por la mañana. Me había preparado hasta llevaba la ropa más bonita que llevaba en mi armario.
Llegué unos minutos antes pero, él ya estaba en ese momento. Estaba muy lindo vestido y brillaba mucho con el calor del sol.
—¡Llegué!— le dije y me senté a un lado de él.
—Ah, hola Emily. No escuché tus pasos— dijo él riéndose.
Le tomé una de sus manos y le respondí:
—Al menos así me sientes— le sonreí.
Por primera vez lo había visto ruborizado.
—Me gustaría que nos quedaramos así un tiempo. Bueno, si te incomoda está bien que...— lo interrumpí y le dije:
—No me siento incómoda, podemos quedarnos así— le dije ruborizada. Tenía la mano muy cálida y suave.
—Gra- gracias...
—Hoy le diré que me gusta— pensé.
—¿Nunca has visto mis ojos, verdad?— preguntó él mientras sonreía y miraba al suelo.
—Nunca pero...
En ese instante, sin terminar mi oración, se quitó sus gafas y abrió los ojos.
Ahí estaba, ese pequeño chico de ojos cafeces claros como los míos. Brillantes, parecidos al café de todas mis mañanas. La sonrisa más hermosa que podía contemplar en secreto, ya que no podía verme que sonreía también y me ruborizada solo por verlo.
Pero, una lágrima apareció y me besó.
Me abrazó con sus manos, era algo tan cálido y lindo; fue mi primer beso.
Él me gustaba y yo gustaba de él; me hizo feliz.
Sus labios eran suaves y muy cálidos.
—Pe- perdón, Emily — dijo él limpiándose de sus lágrimas.
—Ey, no llores, Emilio... — le tomé de sus mejillas y le di un pequeño beso también. —Me gustas...
Teníamos 18 años, la edad donde los noviazgos llegan a aparecer.
—También me gustas... — respondió él y me abrazó. —Mi último deseo era poder ser tu novio. ¡Estoy tan feliz!
¿Mi novio? Novio... Me exalté y me ruboricé, ¡es mi novio!
—Pero, siento que te voy a lastimar...
—¿Por qué lo dices? Me hace muy feliz ser tu novia también.
—Porque, no duraríamos mucho. Lo sé, soy muy egoísta porque te besé sin pensarlo y quería cumplir mi último deseo.
—Emilio, ¿a qué te estás refiriendo? Tú no eres egoísta; también te amo. Me empezaste a gustar desde el primer día que te vi; la vez que rosaste mi mano contra la tuya.
—¿Eras tú? Con razón la calidez y la suavidad eran la misma.
—¡Sí! y, de hecho, tienes una mano muy hermosa. Me gusta tal y como eres.
—Por esto mismo me enamoré de ti.
—Emilio...— lo abracé.
—Emily, tengo un problema en mi corazón desde hace tiempo. No podré estar contigo mucho tiempo; por eso quería cumplir mi último deseo. Gracias a ti pude tener un deseo, y te lo agradezco.
—¿De qué hablas, Emilio?— ante sus palabras, no pude evitar que mis ojos se humedecieran.
—Por eso digo que muy egoísta. Nunca te lo dije porque no quería lastimar a nadie con mi pérdida pero, creo que ya lo eché a perder. No llores— me abrazó y juntos lloramos; fue inevitable.
La muerte nos iba a separar.
—No, Emilio, aún debe de existir una forma para que sigas. ¡Eres fuerte!— dije tratando de negar su enfermedad.
—Creéme que, aunque yo quisiera, no puedo. Pero, espero y alguien en el futuro te haga muy feliz; tienes un gran corazón y te deseo lo mejor.
—¡Emilio! ¡No puede ser cierto! La única persona que me gustaría que hiciera eso fueras tú— seguí llorando mientras lo abrazaba.
—Aún me queda casi una semana de vida, según lo que me dijeron los doctores. No puedo ver tu rostro, no sé cómo eres físicamente pero, en tu corazón, veo algo muy lindo. Eres una gran persona que me amó incluso como soy, y más por mi discapacidad.
No sabía cómo responder por semejante tragedia pero, si la realidad llegó a ser así, lo haré feliz por el tiempo de vida que le queda.
Pasaron los días; nos seguimos viendo, traté de hacerlo feliz. Le preparaba algo de comer, hasta incluso nos mirábamos de escondidas.
Nos hablábamos por las noches.
Cada día que pasaba, me daba miedo de que él no abriera los ojos y no estuviera su presencia en este mundo.
Quería que el tiempo se detuviera. Pero es inexplicable, su corazón tiene cierto tiempo de vida.
¿Por qué tenemos que morir? o, ¿por qué a Emilio no le dieron una vida como la mía?
Nadie sabe el tiempo de vida que le queda a uno, por eso, hay que aprovecharla todos los días; y eso fue lo que hicimos.
Pasó el tiempo volando, solo quedaban dos días para que llegara la tragedia.
Ese día intentamos acampar en su casa, quería abrazarlo, quería quedarme a un lado a él. Mis padres sabían lo que sucedía, y, pese a ello, me dejaron quedarme un último día junto a él.
Hablamos por la noche; lo abracé, llorábamos y nos mirábamos mutuamente.
—Te amo...— le dije mientras le di un último beso.
—Te amo también— me dijo él mientras me abrazó. —Me hiciste muy feliz, me cumpliste mis deseos y anhelos.
—Tú también cumpliste los míos— le respondí mientras nuestras narices no dejaban de chocar.
Sus manos caminaban sobre mis mejillas, tan suaves eran. Su olor a perfumado era muy lindo e inexplicable.
Llegamos a este punto de amor en el que no podíamos dejarnos.
—Cuando llegue mi momento, tú serás la última persona quien aparecerá en mi conciencia. Tú me marcaste mucho y, desde el cielo yo te cuidaré...
—Emilio...
—Espero que seas muy feliz; te lo dije muchas veces pero te deseo lo mejor. Si alguien te hace daño te prometo que le lanzaré un rayo desde arriba eh — sonrió él y colocó una de sus manos sobre mi boca. —También sonríe; no quiero llorar este último día, quiero irme feliz.
Traté de sonreírle.
—Serás muy feliz porque tendrás a Dios quien te cuidará, mi amor — lo abracé. No quería despegarme ni un poco.
—Es extraño que esté oyendo unas campanas en mi mente, pero sí, tendré a Dios conmigo.
Pronto los dos nos dormimos y llegó el día menos esperado.
Me levanté para verlo y toqué su pecho; no sentía su corazón a un latir.
Llegó ese momento; él ya había muerto.
Fue como si esa pequeña y brillante mariposa se la llevara la tormenta, quedando perdida y sola hasta desvaneserse quedando en el olvido.
Me pregunté cómo es que él no quiso que su último día estuviese en el hospital, con oxígeno para su corazón. Sus padres me dieron la respuesta, y es que, quería pasar su último día conmigo, nada más.
A la vez me siento culpable, y un vacío en mi corazón porque ya no lo veré nunca más.
Pasaron días, meses e inclusive años. Siempre iba a su tumba a visitarlo.
Sé que desde el cielo me estás viendo, mi amor.
La pérdida de una persona querida es lo más doloroso que nos llega a pasar. Lloramos, nos perdonamos, e incluso nos sentimos culpables, pero, la vida así es.
El tiempo de vida ya está contado, el de cada uno pero, al menos él me enseñó que debo de sentirme ofortunada con lo que tengo. Que veo, que escucho, que camino, que ahora mismo respiro y hago todo lo que puedo.
Mi primer amor de primavera me dejó muy marcada.
Tú me enseñaste eso.
Tu vida siempre estará presente en mí, Emilio...