La estación de trenes, como todos los días de semana en horario laboral, estaba completamente abarrotada de personas. Una densa multitud esperaba la formación y Minseo no quería ni imaginar cómo sería una vez que tuviera que subir al estrecho vagón del transporte. Resopló entre dientes con incomodidad y reprimido hastío. Tenía, en esos horribles momentos, el entrecejo fuertemente fruncido y una mueca de disgusto que apenas podía ocultar bajo la capucha negra de su sudadera. Sus manos se encontraban convertidas furiosos puños dentro de los bolsillos, y sudaban asquerosamente.
Odiaba tener que realizar aquel jodido viaje. Odiaba atravesar por todo aquello de forma obligada. Odiaba la inusual habilidad, de la que solía jactarse repetidamente, con jodida ferocidad en esos precisos instantes, y odiaba con más ganas a su mentor por exigirle aquel estúpido castigo, sólo por haber utilizado su 'precioso' don para beneficio personal.
Kim Minseo desde muy joven podía ver los deseos más profundos de las personas y había utilizado eso para su propio beneficio en más de una ocasión. Hasta que fue descubierto recientemente por su tutor, quien, lleno de furia, lo obligó a subirse cada día a un tren abarrotado para que pueda hartarse de ver cosas que no debería, hasta que aprendiera su lección.
Y, joder, lo había hecho. Estaba aterrado de cualquier contacto con extraños.
El ruidoso traqueteo del ferrocarril resonó más pronto de lo deseado y se resignó a acatar la orden impuesta. Se subió con cautela, pero aun así el roce con las personas le llenaron la mente con deseos variados y algunos muy extraños.
Pegó la espalda contra el rincón más alejado y evadió el contacto con las personas a su alrededor lo más que pudo. Aunque no logró evitar descubrir el oscuro secreto de la pareja más próxima que había chocado con él de forma accidental. Aquella ilusión del tipo que esperaba que su novia hiciera el viaje previsto para así tener un tiempo a solas con la bonita amiga de la mujer, sin saber que el viaje de la chica en realidad lo haría con la otra muchacha, en su afán por descubrir sus verdaderos sentimientos por ella.
Todo un verdadero culebrón de telenovela del que no quería saber tanto.
Un golpe involuntario le llenó la mente con las ansias de juventud de una señora muy mayor y otro roce leve, el deseo por el primer puesto en la ansiedad por los exámenes de un estudiante agobiado. Pero no fue eso exactamente lo que hizo que su mundo se detuviera por un momento y se apresurara a colocar su mano en el pecho, donde el corazón le latía con prisa, completamente consternado.
Había visto el deseo más desconcertante e inverosímil. Surgió ante él por el movimiento torpe y desafortunado de su mano. Tocó accidentalmente, con el dorso de su diestra, el brazo del muchacho a su lado y su fuerte anhelo por ser invisible lo paralizó.
Generalmente aquel irrealizable deseo provenía de niños con ansias de poderes, movidos por la diversión de una broma o la sensación de aventura. Sin embargo, aquella persona quería desaparecer. Sin dejar rastros ni arrepentimientos. Sólo deseaba perderse, desvanecerse en el aire. Escapar de su realidad. Quería que su piel refleje su vacío interior.
Para Minseo fue aterrador.
Aún más espeluznante fue la acción de su subconsciente que, sin previo aviso, hizo que sujetara con ímpetu la muñeca del chico y no lo dejara marchar una vez que comprendió lo que éste pretendía hacer. Buscó los ojos del joven con desesperada ansiedad y todo su aliento quedó atrapado dentro de su pecho, al conectar finalmente con la amargura en ellos. Una pesada lágrima colgaba de sus largas pestañas y Minseo barrió, casi de manera automática, una más que descendió lento por su mejilla. Su corazón dio un vuelco extraño cuando el muchacho no retrocedió al contacto de sus dedos.
Lo desconcertó su propia audacia y su inexplicable afán por reconfortarlo. Lo miró largamente y su corazón saltó en su pecho cuando el chico se inclinó hacia él. Minseo pudo sentir como los labios fríos de aquel chico hicieron contacto brevemente con los suyos, en un beso sutil y suave.
Fue un instante, un minuto tal vez, que Minseo sintió eterno. Cerró un momento los ojos sin poderlo evitar y cuando los abrió, porque la ligera presión desapareció de forma repentina, el joven se había esfumado. Aquel chico corrió fuera del vagón del tren una vez que éste se hubo detenido y huyó con rapidez.
A Minseo le dolió el corazón. En la comisura de su boca aún podía sentir su sabor y en su mente cosquilleaba todavía su último anhelo... ser recordado.