Mateo tenía la tonta afición de subirse a los lugares más altos solo para mirar la inmensidad del cielo.
Las incontables estrellas, la luna cambiante y los fenómenos más naturales, llenaban su corazón de asombro e intriga. Quería ver más de cerca. Quería saber más.
Mateo no era muy inteligente, pero desde pequeño supo que sus circunstancias no eran como las de los demás y que los estudios no llenarían su pancita. Simplemente abandonó la escuela y trabajó tanto como su frágil cuerpo lo permitía. A veces envidiaba a los niños de su edad que se divertían sin preocupaciones, pero solo era a veces. No tenía tiempo para sentir pena de sí mismo.
Mateo, a pesar de las dificultades, siempre fue honesto, sencillo y amable. Vio el peor lado de la gente mientras vagaba por las calles y no cedió ante las facilidades que le ofrecía frecuentemente el camino del mal.
Mateo soñaba con volar. En sus sueños, algunas veces sus pies se despegaban del suelo y podía flotar, encantado se elevaba hacia arriba, sin mirar abajo una sola vez. Otras era piloto y manejaba una gran nave para surcar los cielos o incluso podía convertirse en un astronauta y llegar aún más lejos, donde la gravedad no existía y su propia existencia se volvía etérea y vacía.
Mateo lo anhelaba tanto que quería desprenderse de su piel y su carne para volverse tan liviano como una pluma.
Mateo, un día como cualquiera, se subió al edificio más alto y obsesionado con las nubes blancas dio un paso al vacío. O tal vez se arrojó para sentir, aunque sea por un instante, aquella placentera sensación del viento en sus extremidades.
Mateo no se suicidó. Se liberó del grillete que lo ataba a su cuerpo y ahora vaga libre por los cielos por la eternidad. El espacio infinito se convirtió en su verdadero hogar.