Ahogado en mundo que no comprendo, un mar al que fui lanzado sin siquiera saber cómo estirar mis brazos para nadar. Destinado a morir sin remedio, sin oportunidad alguna de sobrevivir. Muerto en vida desde que toque la superficie del mar, olas que me llaman y llevan a su antojo mientras me hundo en la perdición, en el fracaso y la desdicha. Mostruos marinos que me acechan, carroñeros de la vida que solo esperan mi muerte expectantes, desean mi cuerpo inerte bajo máscaras con sonrisas falsas e hipócritas. Mis pulmones arden por el agua salada que entra en ellos, mentiras y murmullos de seres sin corazón. El frío acapara mi cuerpo, una muerte lenta, un final inexacto, un futuro incierto que solo depara desdichas y tristezas.
Los rayos de luz que vi al nacer pensando que eran la pequeña muestra de un mundo hermoso que me esperaba, son cada vez más tenues en mi avance al fondo marino, lugar en los que estos mostruos enmascarados esperan desgarrar mi cuerpo y repartirlo entre ellos sonriendo por su suerte de poder encontrar otra víctima que ha caído en su terreno de maldad. Ríen y se jactan alegres al tener con que satisfacer sus retorcidos deseos. Es inútil resistirse a ellos, burbujas de aire muestran el camino recorrido, ya estoy lejos de la superficie, 10, 20 o tal vez 50 metros, un descenso lento que se hace más miserable a cada segundo.
A mi alrededor, niños que han corrido con mi misma suerte y a quienes les espera el mismo final, parecen asustados, otros sucumben en sus mentiras, en voces hipócritas y palabras dulces que resultan atrayentes a los pequeños e inocentes que también han sido arrojados al mar despiadado de la vida y se dirigen sonrientes hacia sus garras y dientes sedientos de sangre. Están los que han aprendido a nadar por su cuenta y también los pocos que han nacido ya con este grandioso don y suben a la superficie buscando un camino a tierra firme, pocos los elegidos para un buen final.
Lastimosamente, yo ya no tengo esperanzas de aprender a nadar. 100 metros. Mi cuerpo ya se está pudriéndose en la muerte. 500 metros. La luz ya no es visible en mis ojos. 1000 metros. Las risas y murmullos son cada vez más fuertes. 1500 metros. He tocado fondo, los mostruos marinos entierran sus garras y dientes en mi piel, la desgarran sin piedad mietras muero lentamente en dolor junto a los miles niños que han corrido con la misma suerte que yo, vida injusta para muchos, pero realidad a fin de cuentas, nadie puede escapar de está. Dime ¿Serás capaz de aprender a nadar?