Sentada en un rincón, esperando a que alguien notará mi ausencia y llegue a por mí. Dormir no era una opción ni recomendable, más bien, era el peor error que se puede cometer estando secuestrada.
El horror de pensar que puede ser mi último día de vida y el deseo de que por fin ser libre de está condena injusta. Nadie se lo merece.
Hace algunos días me preguntaba, ¿Qué sería si nadie viene por mí?
Supongo que la respuesta era más que obvia: Me matarán, enterrarán mi cuerpo en lo más lejano y profundo de mi ciudad.
Las mafias son tan astutas, la corrupción es tan estratégica, que injusto en verdad. Vivir en un mundo en que la maldad y la conveniencia, está asegurada.
No sé cuántos días me queden, no sé incluso si es que están contados o sólo es cuestión de paciencia. Lo único que sé, es que tengo mucho miedo.
Estarán por aquí en un rato, al anochecer suelen volver para ver a los raptados, nos tienen en habitaciones separadas para evitar el contacto, evitar posibles fugas y no alarmar a la desesperación y al pánico.
Se me acaba la tinta, y ya no sé cómo acabar está pequeña nota. Sólo espero que sea cual sea mi destino, al siguiente que acabe le sirva para también intentar desahogarse. Es enserio importante, más para no caer en la demencia.
Si logro vivir, lucharé para que nadie vuelva a sufrir así. Y si no lo logro, ojalá al siguiente que lea esto pueda hacerlo.
Atte: Verónica.