El rocío escarchado sobre el césped de esa mañana era el lienzo perfecto para yacer.
Sabrina lo sabía… así fue como descalza y con los cabellos arremolinados luego de levantarse, se dirigió directo a los afueras de la que ahora era su cárcel.
Con el rostro completamente ruborizado a causa de una fiebre desmesurada que la albergaba en su totalidad, tiñó de un matiz rojizo, ese lunes de abril de 2002.
Entre el frío suspendido en el aire alrededor de su cuerpo y el calor que emanaba de su interior, podía distiguirse una bruma espesa y contundente, disipándose hacia un velo ahumado de grisáceas y translúcidas vetas, que se difuminaba en el aire matinal.
Aún tiritando y llevando puesto sólo un camisón corto de tirantes, emprendió camino hasta el pórtico, arrastrando los pies sobre el suelo crujiente, templado y viejo del interior de aquella cabaña. Sus pasos eran densos, lentos y aterradoramente sonoros. En sus ojos sólo podía avistarse negrura profunda, obscura y plana lobreguez. Su respiración era vaga, casi inapreciable.
Llegó a los escalones, eran cuatro quebradizos listones de madera ajada y descuidada. Descendió con estoica rudeza, haciendo que bajo sus pies rechinara y gimiera cada uno de ellos en agonía y putrefacción.
Se deslizó al césped… el tan anhelado, escarchado y helado césped.
Echóse a andar sobre él inconcebibles momentos, mientras la tersa y cálida piel de sus pies, ardía y se cortaba, producto de las delgadas láminas de hielo cubriendo los verdes y colmados cabellos que surgían de la tierra. Sin darle atención a sus heridas y el dolor que éstas presentarían, caminó aún más, hasta llegar a la orilla del lago.
Suspiró fuertemente, tomando todo el aire que pudo para exhalarlo hasta haber aplanado en su totalidad los pulmones. Dejó caer su cuerpo en la mullida hierba y extendiendo los brazos como si estuviera sobre la nieve, simuló calcar sobre ella el contorno de un ángel.
Alzó sus manos hacia el cielo y en un movimiento vertiginoso las llevó hasta aquel vientre ahora vacío, deshabitado, desierto… Carente y despojado de cualquier habilidad de engendrar.
Mientras resbalaban por sus mejillas las últimas gotas que guardaba en sus áridos, abultados y enrojecidos ojos, aún ciñendo con vehemencia sus brazos agotados a su centro, comenzó a erigirse acompañada de trémulos espasmos.
Finalmente de pié, oyó la brisa hacer una sutil melodía en la superficie del agua, invitándola a entrar.
Como si de su intrépido índice derecho pendiera un hilo invisible, fue guiada hacia la profundidad de esas vastas aguas, remolcada por el vaivén de una danza incesante, inmersa en esa masa líquida que la abrazaba. Cerró sus ojos y sintió su ser entero sucumbir.
《Adiós Sabrina…》esbozó en su mente antes de quedar completamente sumergida, para nunca jamás volver a emerger.