El día transcurrió rápidamente, las horas pasaron volando y yo seguía sin saber de él.
A la antepenúltima hora interrumpieron la clase y el maestro tuvo que ir a la dirección por lo que nos quedamos sin terminarla, me levanté de mi asiento y salí del salón.
Mi salón estaba en el segundo piso de la escuela así que al caminar por el pasillo y mirar por las ventanas lo visualice sentado en una colina bajo un árbol.
Baje el segundo piso y salí al patio, al llegar lo mire sentado con una libreta se color Manila y un lápiz en la mano.
Me acerqué y saludé —Hola, ¿puedo sentarme?
Él me miro y asintió.
Me senté a su lado y mire la libreta. —¿Qué es esto? —observe de reojo y vi que tenía escrito frases incoherentes. —Déjame ver... —le quite la libreta —¿Poema? —lo mire interrogandolo
—¿No se supone que debes estar en clase? —me cambio de tema
—¿T tú? —le interrogue
—No tuve clases, ¿Tú también?
—Ajá —le dije sin prestar atención a lo que me decía mientras intentaba leer
—Dame eso —intentó quitarmelo
—Déjame terminarlo... —le respondí sin querer darle su libreta.
Había pasado dos semanas y aún así me costaba hablarle, pero me había prometido que crearía un candado en mi corazón y todo sentimiento hacía él sería eliminado.
Sería difícil pero si crees, puedes.