A veces su mirada lastimaba cuando te miraba, sus lágrimas cortaban su piel como agujas que recorrían por sus pálidas y frías mejillas.
Sus ojos opacados por el dolor y la autosuperación que fracasaba con cada palabra que salía de su boca, esa boca que ya no enseñaba la gran sonrisa que la hacía destacar entre los millones de personas a su alrededor.
Su rostro alegre se había marchitado y estaba muriendo con el paso del tiempo, como si de un papel se tratase.
Bajo la tela que usaba de vestimenta ya no era alegre y llamativa, se había vuelto su luto de todos los días, como si su vida se tratase de un funeral.
Sus comidas se volvieron escasas para que el agua se volviese el dueño de su cuerpo y eso la mantenía con vida, pero su frágil cuerpo de maniquí rechazaba esas necesidades con sales amargas.
El dolor se volvió llanto y gritos, la pasión por la música y la literatura ya no le hablaban de amor, si no de autolesion.
El juego que creía ganar estaba llegando a su fin y era la primera en perder.
El camino que la llevaba a casa había llegado al final del abismo y allí esperaba su consuelo.