Ernesto Garrido era un hombre de negocios de éxito mediano. De cuarenta y nueve años, cuerpo atlético y voz grave, todavía poseía su atractivo de juventud.
No sé había casado, amaba demasiado su libertad y el sexo, la monogamia no era lo suyo. Además nunca había querido tener hijos, odiaba a los niños.
El sexo era su adicción. Cada noche una chica diferente. Aunque nunca había tenido problemas para encontrar pareja, recurría con frecuencia a la prostitución. Hacía años que había comenzado ha encontrar el proceso de cortejo tedioso.
Era cliente de un proxeneta que manejaba las mejores putas de la ciudad. Muchachas que no pasaban de los veinticinco años, algunas que apenas y tenían la mayoría de edad, todas provenientes de la provincia. Eran atraídas con engaños, se les prometía una oportunidad en el mundo del modelaje.
De entre todas las chicas Ernesto tenía una favorita. Le decían Tsuki, ya que era descendiente de inmigrantes asiáticos. Era delgada, de cuerpo delicado, piel morena clara y cabello negro y largo que le llegaba hasta la esplda baja.
Siempre que podía Ernesto la solicitaba. Poco a poco comenzó a desarrollar una relación singular con ella. Después de mantener relaciones él recargaba su cabeza sobre sus pechos y permanecían así por un rato. No hablaban, solo contemplaban el techo de la habitación del hotel. Ernesto adoraba su aroma, su piel suave como la seda.
La crisis del dos mil ocho golpeó al mundo inmobiliario y Ernesto perdió su pequeña constructora. Pronto cayó en la bebida. Solía pasarse las tardes en bares, su vida se derrumbaba. En medio de las ruinas que caían a su alrededor solamente sus encuentros con Tsuki le ofrecían refugio.
Comenzó a pagar por más tiempo con ella. Comenzó a comprarle regalos. Cada vez despilfarraba más dinero en ella. Hasta que eventualmente no le quedó nada.
Así que para seguir poder viéndola comenzó a considerar la idea de hipotecar alguna propiedad.
Pero una noche cuando solicitó su compañía el proxeneta le dijo al otro lado del teléfono:
—Esa puta se nos ha ido, la hija de la chingada.
Ernesto no comprendió.
—¿Cómo?
—Sí, se compró un boleto pa'l otro lado del charco y se peló.
—¿Estás jodiéndome?
—No. Tengo una nueva, del Sur. Tiene veinte, unos pechos...
Ernesto colgó. Se había quedado solo.