Pei Lu se quedó absorto y meditabundo observando el lago frente a él. Los días se sucedieron en una lenta, extremadamente silenciosa y letárgica procesión. En sus ojos no existía nada más que la extensión de agua calma y serena que llenaba su visión.
Así, tres días se escurrieron en un suspiro y enseguida tres más rápidamente se sumaron a éstos.
Pei Lu no se movió.
Al séptimo día hubo un ligero cambio en su expresión. Su ceño se frunció por una fracción de segundo como si hubiera pensado de pronto en algo que no podía llegar a entender. Solo eso. Un diminuto movimiento que exteriorizaba apenas algo de sus pensamientos complejos.
En el amanecer del décimo día, finalmente su mirada se llenó de comprensión. Sin embargo, en vez de poner en práctica rápidamente su descubrimiento, cerró sus ojos y entró en una profunda meditación.
Dos días más transcurrieron mientras asimilaba la iluminación obtenida en su decena de días de silenciosa observación.
A veces, la energía circulaba por su cuerpo estallando de forma irregular. Enviando ondas a su alrededor como un halo inmortal luminoso. En otras ocasiones se quedaba horas enteras en un estado catatónico, tan inusualmente plácido y sereno que parecía que incluso había dejado de respirar. Si uno prestaba atención, incluso parecía que su corazón se había desacelerado tanto que daba la impresión de haberse detenido.
Sin embargo, su perezoso corazón aún latía. Lento, pero firme y constantemente.
En el día número quince sus ojos se abrieron y centellearon profundamente con un brillo intenso y significativo. Sus manos formaron un símbolo simple frente a él. Un signo que tenía un significado definido: agua.
Sonrió.
En la yema de sus dedos, podía sentir las minúsculas concentraciones de agua que había en el aire, moviéndose en invisibles y etéreos hilos de vapor que se elevaban desde el suelo y el lago mismo hacia el cielo. Sentía que incluso podía controlarlos a su antojo si quisiera.
En su profundo estudio, entendió el proceso trascendental e indispensable para la vida que hacía el agua y todo en un ciclo complejo, consistente y eterno. Y ahora que había descubierto aquella ley natural, podía replicarla a la escala que quisiera.
Podía crear tormentas microscópicas o gotas de agua colosales. Con una señal sencilla podía crear bancos de niebla tan densos que apenas podrías ver tus manos frente a los ojos o una lluvia torrencial que se asimile a una caudalosa cascada.
Extendió su palma hacia arriba y unas nubes pequeñas se formaron en ella, diminutas luces se entrecruzaron en ellas como destellos de insignificantes relámpagos. Pronto la lluvia cayó y formó un charquito en el centro de su palma.
Luego de aquella pequeña prueba no tuvo más dudas... con el poder del agua crearía una técnica increíble.