A Leo le gustaba la oscuridad y la noche silenciosa. En la oscuridad, otros no podían ver su desamparo. En la oscuridad, uno no podía ver su tristeza, no podía ver su desolación, no podía ver su... soledad.
Estaba acostumbrado a caminar solo en este mundo, acostumbrado a esconderse en la oscuridad y observar en silencio al mundo interminable ante él. Miró al cielo, a las astillas de luz de la luna y caminó lentamente. Todavía era de noche, y aún más nubes comenzaron a acumularse. Pronto, el trueno retumbó y el viento aulló. El sonido del agua cayendo vino de todas las direcciones.
Empezó a llover.
Dejó que el agua se deslizara por él, sin hacer el menor intento por cubrirse o escapar de ella. En cuestión de segundos quedó empapado por completo. El viento helado y despiadado se precipitó hacia él, calándole los huesos, pero no sentía frío. Leo, desde hace mucho tiempo que había ganado resistencia a la impiedad del clima. Estaba, en realidad, entumecido de dolor.
Era un dolor profundo y consistente que nunca lo abandonaría. Que se había aferrado a su piel, a su carne y sangre. Por eso mismo era indiferente al frío y al calor, incluso a cualquier otro sufrimiento externo. Aún si lo desgarraran a pedazos, si le arrancaran a tiras la piel, probablemente ni una sola queja saliera de sus labios perpetuamente fríos, duros y sin color.
Nada sería ya más doloroso para él que la pérdida de aquella persona, y nada dolía más que las memorias que lo asaltaban periódicamente.
Era como un muerto en vida y nada podría cambiar aquello.
Los surcos de agua cayendo se fundieron con sus lágrimas nostálgicas, cruentas y dolorosas. Los recuerdos se vertieron sobre él una vez más y el peso extra de aquellos pensamientos anhelantes le debilitaron las piernas. Sin embargo, ya no se arrodillaría en el suelo, derrotado, con la cara vuelta hacia el cielo, en un enmudecido rugido a los dioses.
Había descubierto que eran insensibles al dolor de los mortales.
Ya no se preguntaba por qué no lo dejaban morir.
Había dejado de jurar y maldecir porque si iba a permanecer así y sin ella ¿para qué seguir con esta existencia vacía?
Sin embargo, no podía acabar con su vida tampoco.
El adorno de jade que ella le había regalado mantenía una promesa. Una promesa que se le dificultaba mantener incluso después de tanto tiempo.
El artefacto tenía hondas grietas porque, incapaz de soportarlo, había decidido morir hace algún tiempo y casi lo logra, pero ella le dijo en el limbo entre la vida y la muerte que si se dejaba ir, no volvería a verla otra vez y el encantamiento se grabó profundo en aquella pieza. No le había creído, y había atentado contra su propia vida, pero su magia era poderosa.
Ahora sabía que si intentaba morir, no tendría oportunidades de encontrarla ya nunca más.
Y creía, firmemente, que una vida de sufrimiento valía cada segundo si pudiera encontrarla nuevamente en su próxima vida. Solo por esa esperanza continuaba caminando ciegamente hacia adelante. Acompañado solo de memorias dulces y amargas, grabadas en su mente y en su alma.