¿Qué hacer cuándo te quedas atrapado con la persona que más desperecías, pero a la vez no puedes dejar de desear?
.
Siempre pensé que tenía mala suerte, pero en serio, esto es pasarse.
¿De todas las personas que podía quedarme encerrado tenía que ser justamente con este imbécil?
Intenté una vez más forcejear con la hebilla de la puerta, pero esta seguía atascada al igual que los cinco primeros intentos.
—¿seguro que esto no ha sido cosa tuya?—pregunté molesto hacia la persona que más odiaba en el mundo.
—admito que es divertido, molestarte, ¿pero qué sentido tiene hacerlo si me fastidio a mi mismo?—respondió con una sonrisa.
Mi compañero de clase y rival a muerte estaba apoyado en una de las estanterías, con las manos en los bolsillos, disfrutando de la escena de nervios que estaba teniendo.
—sabía que no era buena idea venir aquí—susurré, apoyándome en la puerta.
—nadie te obligo a venir.
—y yo no pedí tu opinión—espeté molesto.
Cerré los ojos, inspirando hondo, intentando calmar mis nervios y creciente estrés.
Él tenía razón, nadie me obligó a venir y lo cierto es que no iba a venir, pero sé acabe siendo convencido por mi mejor amigo, ya que decía que de vez en cuando salir no me mataría, pero yo sabía que esa no era la única razón por la que he venido.
Por lo que seguí a esta estúpida fiesta, en la casa de uno de sus colegas.
¿Y como acabé en esta situación? Pues verán, vine a la despensa en busca de algo que no fuera unas cervezas de baja calidad y minutos después apareció este indeseable a fastidiarme.
Y ahora estábamos encerrados, por la gracia de este tipo.
—¿por qué estás tan alterado? Pronto vendrán a sacarnos, relájate.—el tipo intentó sacarle hierro al asunto.
—¿eres idiota? Te recuerdo que estamos en una fiesta, donde la música está a tope y la mayoría está medio borracha...
—estamos en una despensa dónde está todo el alcohol y parte de la comida, te seguro que tarde o temprano alguien vendrá.—me tranquilizó.
—¿sabes? Hay algo que está rodando en mi cabeza desde hace unos días...
—no me interesa—lo interrumpí.
—pues debería por qué se trata de ti.
De un solo paso, él ya estaba frente a mí, a escasos centímetros de mi cara, lo que me pilló desprevenido y mis nervios aumentaron.
—¿Qué demonios haces? ¡Aparta imbécil!—intenté empujarlo, para apartarlo de mí, pero me tomo de los brazos inmovilizándome.
Lo que me pilló totalmente desprevenido.
—¡oye suéltame!—le grité.
—lo haré cuando respondas a mi pregunta.
—¿Qué pregunta?
—dices odiarme, pero a cada fiesta o reunión que me encuentro siempre estás en él...—susurró en mi oído estremeciéndome.
—¿acaso es mi culpa que tengamos amigos en común?
—porque sé que tenemos amigos, sé, que a las únicas fiestas que asisten, son las que estoy yo—explicó.
—¿Que tontería estás intentando insinuar, que voy a las fiestas, por qué estoy intestado en ti?
Intenté reírme de forma burlona, pero solo me salió una rosa nerviosa.
—puede... y mirando la forma en la que te estás comportando ahora, me parece la opción más obvia—aseguro con una sonrisa y un brillo travieso en sus ojos.
No pude ocultar mi sorpresa, abriendo mucho los ojos y de nuevo intentando zafarme de él.
—deja de pensar cosas estúpidas, ¡¿crees que soy una de esas chicas que van locas detrás de ti?!—chillé molesto.
—es una pena, por qué entonces odiarás lo que haga a continuación.
—¿¡a qué demonios te...?!
Pero antes que acabara la frase, sus labios ya estaban pegados a los míos, la acción fue tan repentina que no supe cómo reaccionar, pero no tarde en corresponder a su beso.
Su boca era caliente y su lengua juguetona y húmeda, que se entrelazaba con la mía saboreándose.
El beso se hacía cada vez más profundo e intenso, al punto de comenzar a sentir claramente su erección contra mí, ¿o era la mía?
No entendía lo que estaba pasando, no entendía por qué este tipo me estaba besando, ¿se habrá dando cuenta de mis sentimientos hacia él?
Ambos nos separamos por unos segundos para tomar aire y volver a besarnos, como si la vida nos fuera en ello.
Frotó su erección contra mi entrepierna, arrancándome un gemido, lo que le hizo reír.
—Capullo... —mascullé entre beso y beso.
—este capullo ha logrado que tendrás una erección como una casa—se mofó, señalando lo evidente.
—en serio, eres imposible—dije irritado.
—gracias, me esfuerzo mucho para ello—soltó él de forma sarcástica.
Intenté apartar su cara de la mía, empezado a molestarme, pero él tomó mi mano y se llevó esta a los labios, besando mis nudillos, para luego meterse mi dedo índice en su boca y chupar.
Todo mi cuerpo relaciono ante tal gesto y su sonrisa se ensanchó al saber el efecto que tiene sobre mí.
—sí que te gustó mucho eh.
—cállate idiota.
—este idiota quiere que vengas a su casa esta noche.—se ofreció.
No sabía que responder a eso, por lo que fui a la vía más rápida.
—te recuerdo que seguimos encerrados.
—ah, eso, bueno... déjame ver.
Inclinándose más a mí, pensé que de nuevo me iba a besar, pero alzó las manos de la puerta, sacando un clavo arriba de la puerta y giro la manija de la puerta y esta se abrió.
Me lo quedé mirando atónito y mi enfado aumentó al darme cuenta de que una vez más fui engañado por este idiota.
—e-eres... ¡Eres odioso!—le grité, pero él solo se carcajeó en mi cara.
—pero así parece que te gusto—puntualizó.
—nunca dije que me gustes.
—lo que tú digas, ahora vamos, a no ser que quieras que lo hagamos en esta despensa y todos nos escuchen.
Extendió su mano a mí y aunque dudaba un poco, finalmente se la sostuve, por qué aunque no quería admitirlo.
Tenía razón, lo odiaba, pero también me gustaba, tan odioso como irresistible.