Estaba recostada en la cama, hace semanas que estoy en reposo... Cada día que pasa me siento más débil. Miro a mi madre, la veo feliz, nunca había visto a mi madre tan feliz como ahora, siempre había soñado con esto. Papá, lo observo a detalle, ha cambiado, dejó el alcohol y ya no fuma, cuida de mamá y mis hermanos.
Mis hermanos; antes solían discutir por todo y no había quien los detuviera, ni siquiera yo pero ahora, junto con mamá y papá, comparten un abrazo familiar... no es justo, yo también quiero un abrazo en familia. Pero me gusta ver que por fin estan... estamos juntos.
Mamá se acercó a mí, me abrazó.
Mis hermanos corrieron hacia mí y me abrazaron.
Papá llegó y me abrazó tiernamente, me dió un beso en la frente como cuando tenía cuatro años.
Yo no me podía mover, quería abrazarlos también. Quería decirles cuánto los había extrañado y cuánto los amaba... Ya no podría decirles nada, mi tiempo había llegado a su fin.
—Disculpa la tardanza. Quería estar presentable para ti. —me dijo una voz femenina.
—Te vez hermosa. —le dije sin dejar de mirarla.
—¿Nos vamos?. —me pregunto y me ofreció su mano.
—Tengo miedo —le respondí— ¿Qué pasa si decido quedarme?.
—No lo sé. Vamonos. —insistió. Me tomó de la mano y me levanté. Sólo miré a cuatro personas que lloraban por mí— ¿Quiénes son ellos?.
—No sé. —me respondió. Mucha gente vestida de blanco llegó a la habitación y sacaron a esas personas. Yo no sabía que estaba pasando.
Miré por la ventana, estaba lloviendo. Afuera se habían echo charcos en las partes poco profundas del pavimento.
—¿Jugamos? —ella asintió pero me dijo que me llevaría a un lugar mejor. La tomé de la mano y nos fuimos de aquel lugar extraño.