La llevó a la habitación principal. Las sábanas de terciopelo y las almohadas de plumas blancas, aseguraron su caída mientras él la devoraba con su mirada.
Ella era hermosa, pero en sus ojos ya no era esa luz que antes le daba existencia.
Creder Van Sik, un hombre con apariencia de unos cuarenta años se sentía al borde del colapso mientras miraba a Evangeline tras sus ojos seductores llenos de oscuridad.
—¿Qué me harás Creder?
La pregunta le ocasionó a Creder sonreír y acercarse al cuerpo de esta. Evangeline gozaba al sentir a su esposo tratarla con ternura, mientras que este posaba sus labios en su escote y apretaba ocasionalmente sus caderas. El yacía arriba de ella, dándole una idea a Evangeline de que esa noche era un perdición de gemidos finos llenos de placer.
La suposición de Evangeline era tan perfecta.
Pero la línea de diferencia entre suponer y adivinar era tan corta como afilada.
Creder tenía otros planes aunque no se sentía en posición de contarle. Lentamente, confiaba en demostrarle su amargura y la noche era, densa y larga para al fin mostrar a Evangeline su especialidad.
Apretó sus labios en el cuello de Evangeline. Sé impregnó de su deseo mientras con rápidez mordía su piel de manera sigilosa. Evangeline estaba aterrada, destrozándose por el placer que su esposo le daba.
—Hoy estás altamente inquieto, Van Sik.—dijo entre jadeos—.
Esto provocó una carcajada irónica de Creder, que se disponía a levantar el vestido de su mujer mientras acariciaba con ambas manos las piernas suaves que amaba.
Evangeline cerró los ojos mientras seguía encontrando besos sorpresa de parte de Creder.
— ¿Sabes Eva? Me has juzgado severamente y he perdido la cabeza.
—Amor... A qué te refieres.
Creder la observaba mientras Evangeline seguía teniendo sus ojos cerrados ante su presencia. Sus piernas habían quedado como dos montañas manteniéndolo en el centro para dar comienzo al río de lujuria.
Pero el no estaba allí para hacer desaparecer su ropa. Tenía en su mente otra importancia mejor que esa.
Evangeline se sentía acalorada mientras Creder no paraba de darle caricias intencionadas.
Evangeline al fin abrió los ojos y lo observó; su esposo sombrío sonreía y al ver dentro de sus ojos y la densidad de sus pupilas se le llegó a pasar por su cabeza que el plan de Creder no era una penetración conceptuada.
—Oh, cariño, ¿Qué es lo que pasa?
Evangeline era de lo más hermosa. Piel pálida, y morena de cabello, que llegaba a sus pechos como turbelinos. Creder se había enamorado de ella por un largo tiempo, el cual había sido muerto hace poco al sentirse traicionado por su mujer.
Evangeline se veía a escondidas con el sastre. Y regalaba su cuerpo a sus manos y a su piel con sus labios como lo estaba haciendo con él.
Creía que Creder no lo iba a saber, pero no era la persona más engañada del pueblo pues solía pertenecer a ser lo contrario de este como si fuera un triunfo.
Creder volvió a besar su cuello tras la tormenta que se avecinaba.
— ¿A quién le darás tú bebida cuando no puedas beber?
—A ti.
—¿Quién velará tu copa si no estás?
Evangeline rió observándolo con cariño.
—Oh santo cielo, ¿A qué viene tantas habladurías?
Creder se incorporó y de rodillas la observó.
Evangeline quitó su sonrisa mientras observaba que Creder sacaba una daga de su bolsillo.
— Bebiste de la copa que con tanto amor serví para ti. Oh mi querida Evangeline. Tu vestido negro sigue acompañando a mi alma en llamas.
Evangeline se asustó y sin decir nada, quiso alejarse de allí. Sabía que él se había enterado. Los ojos oscuros lo sentenciaban. En su mirada sintió terror y tormento, el día había llegado y la había encontrado en la cama.
Creder no usó la daga.
Firmemente mordió el cuello de ella, atesorando cada gota de sangre que salía de su vena arterial, disfrutando la mancha roja que sus labios palpitaban mientras los gemidos de Evangeline se desvanecían en la noche.
Su muerte fue la suave brisa de la venganza que yacía presente en su cama de sábanas de terciopelo y almohadas de plumas blancas.
Sé acercó al cadáver y con gratitud besó suavemente esos labios suaves, propios de haber sido de su querida esposa. Le debía un último beso por los años de matrimonio.
Nadie podía hacer que Creder Van Sik saliera engañado si alguna vez esto fuera pensado con detenimiento.
Cómo veis, traicionar a un vampiro acababa con una despedida con sabor a hierro.