No pretendo tener siempre la razón, ni ser felicitada por mis decisiones, pero si respeto ante ellas. La educación que recibí, si bien no fue extremadamente estricta, sí fue determinante, clara y concisa. Aprendí a apreciar los consejos y comentarios de los que me rodean, y a rechazar y bloquear aquellos que fueran malintencionados. Pude ponerme en el lugar del otro, para percibir cuál fue su actuar y decidir si el mío hubiera sido el mismo o si podría haber más de una opción a dicho suceso y así elegir lo mejor para todas las partes que comprendieran el momento.
Me han dejado muchas veces con la palabra en la boca y muchas otras he tomado aire y contenido un infinito de barrabasadas que sentía, podía y quería vomitarle a mi oponente.
Ante todo, el respeto, porque tiempo para desmadres había de sobra. Siempre primero la palabra, el razocinio y el diálogo, con calma, paciencia y claridad, y... ya pues, si nada de lo anterior surte el efecto deseado, entonces cierro el puño y les parto la geta.
No me va la doble cara, porque suelo ser frontal y decir lo que pienso y siento, pero si el contrincante se cree feroz, es porque no probó mis garras aún.
Tropiezos y golpes bajos recibimos todos en la vida, nadie muere mocho dice la frase, pero jamás dejé ni dejaré que esos momentos me desestabilicen.
En fin, sólo un descargo... A veces es todo lo que uno necesita...