—Supongo que tu foto debería ser cambiada — menciono al mirar el marco con la cinta negra. —Quizás debo darte algo más bonito— La noche se pinta en el cielo. Un ramo de flores, un saco negro. Mientras le sonrío al vacío donde posa una pequeña urna.
No sé si debo seguir aquí, no entendí y jamás entenderé por qué no fui yo. Por qué le sonreiste y corriste sin ver.
¿Por qué no soportaste?
El amor es ciego... Lo sé. Tan ciego que jamás me viste.
El viento fresco, el canto del océano a lo lejos. Hoy es noche de Luna y estoy aquí. Encendí un cigarro observando los ojos verdes de la foto que hoy tiene ya dieciocho años en el mismo sitio.
—Dieciocho años sin ti.
Un suspiro sale de mi alma, mientras el bolsillo comienza a sonar.
—Dime.
—¿Aún sigues ahí verdad? —la voz de Korel suena amargada. Cuando no sabe de mí, viene a buscarme aquí; yo siempre estoy aquí.
—No jodas hoy son los dieciocho. —atino a apagar el móvil pero su voz suena más fuerte.
—Lo sé pero el cuidador está por cerrar el lugar. —masculla y miro el final del sendero a la salida. Las luces se están apagando una a una. Colgué mirando los ojos verdes una última vez. Ya me sé de memoria los siete escalones antes de girar a la derecha.
—Te amo Jared. Mi corazón aún es tuyo.
En la puerta el auto de Korel hace luces, una brisa me hace estremecer. Un aire fresco que luego se volvió tibio.
—Joven— una anciana de cabello blanco me sonrie, sus labios son rojos y tiene oyuelos. Trae en sus manos una flor blanca. Al mirarla mi lobo se estremeció.
—Ya no será necesario venir aquí. —dice dándome la flor en mis manos.
Un pestaneo, eso sólo bastó para quedar de pie sólo ahí mismo.
Subí al auto de Korel y él me sonríe alegremente.
El aroma a tabaco delata sus nervios, siempre es así, lo ha sido desde pequeño... Nervioso, altanero, pero a la vez leal. Mi hermano, mi manada.
Sus ojos no me han visto. Tiene la vista en frente, con una sonrisa que se le ve de medio lado.
—Ha sido demasiado tiempo Patrick— su tono de voz es bajo, pero potente. Mentiría si digo que no tiene razón, estoy cansado, sólo y harto de todo. ha sido así por dieciocho largos años.
Él no volverá, y si lo hiciera... Todo sería exactamente igual. Él con alguien más.Yo amándolo.
Mi corazón quiere recordarlo, su aroma; ese a flores de durazno. Quiere ver esos ojos enmarcados en cabello azabache y correr a él. A él como mi yo de once años. Como mi yo que aún es puro. Mi yo que aún lo espera.
El olor del tabaco mezcla mis pensamientos, y cierro los ojos esperando llegar a casa.
El semáforo a metros de mi apartamento está rojo, esa luz que aún se percibe con ojos cerrados, la que ilumina aunque no quieras verla. Rozando mi pulgar en el cuero de la puerta suspiro lentamente.
—Sal ahora — El sonido incesante de mis oídos se fue con la voz de Korel, mis ojos fueron directo a mirarlo, pero en lugar de ello un destello que aceleró a mi lobo cruzó por detras.
Un instante, eso fue.
Un destello, su destello.
Lagunas de verdes ven mis ojos al cerrarlos y si lo pienso mucho el verde de agua se vuelve rojo, rojo carmín como la sangre. Abro mis ojos y la lámpara blanca ciega mis pupilas, tintinea en una canción muda que altera mis sentidos. El instinto aún llora, el lobo aún lo espera.
El lugar se siente grande, como si un pedazo de mí falta en la habitación. Aunque siempre viví sólo. El reloj frente a la cama marca las dos de la madrugada. El día fatídico pasó.
Pasó. Patrick...
Pasó.