Había tanto que quería seguir recordando...
El aroma del café que preparaba todas las mañanas compartiendo la taza conmigo. Su cepillo de dientes junto al mío en la repisa del baño. Sus zapatos a un lado la puerta de entrada, sus llaves y billetera en el recibidor. Sus camperas y buzos, sus guantes, gorros y bufandas por doquier en el departamento. Necesito sus notas de confianza y amor, en la mesada de la cocina antes de salir de casa. Encontrar aquellas golosinas escondidas en los cajones y estantes del placard. Su risa compartiendo una película, mientras hace tronar sus dedos para relajarse. Ver como se desperesa luego de una siesta, o su ceño fruncido mientras saca cuentas y busca soluciones para sus tareas laborales. Las miradas de complicidad frente a nuestros amigos, su ropa holgada cobijando mi cuerpo durante las tardes de ocio, sus bailes cursis mientras merodea por la casa o lavando los platos al compas de su música vigorosa.
Ansío la huella de su cuerpo en el sillón de los arrumacos, su perfume impregnado en las sábanas de nuestra cama, sentir el roce de sus mejillas en las mías, como acariciaba con suavidad los lóbulos de mis orejas, o como entrelazadas sus dedos en mi cabello para que concilie el sueño. Extraño tanto su aliento en mi cuello al despertar en las mañanas, su nariz zigzagueante en mi nuca para decirme que estaba allí, detrás de mí. Añoro sus brazos aferrándose a mi cintura, sus ojos amplios y brillantes mirando los míos con deseo y sin compostura alguna.
Mi nombre jadeante saliendo de su boca, su arrolladora y sensual voz haciendo eco en mis fauses cuando estamos a punto de comernos, esos labios terzos, cálidos y mullidos que me hacen perder la cordura cada vez que colisionan con los míos. Sus dedos fundiéndose en mi piel, sus caderas danzando con las mías en completa y sensual sintonía.
Quería volver a compartir una charla sin sentido, una comida, un buen vino, un beso desenfrenado, un abrazo de oso, una simple sonrisa, siquiera avizorar su presencia nuevamente y pronto...
Algo, lo que sea, por mínimo y fugaz que fuera, necesitaba saber que estaba conmigo, que no se esfumaría cual humo de chimenea.
¡Ah, Dios santo!... Esto es inmensamente aterrador y extremadamente agonizante...
¡¡Cuánto amo y necesito todo ésto, cómo extraño y deseo aún más!!
¡¡Ya no puedo respirar... ya no quiero respirar!!