La primera vez que te vi fue cuando te encontré llorando bajo un árbol.
Algo muy raro por cierto y yo tan poco empático, debo aclarar.
¿Recuerdas?
Aquel día estaba lloviendo. Yo tenía que llegar a casa lo más rápido posible y tú ni siquiera estabas preocupada de cuanto barro habías acumulado en tus zapatos. ¿Sabes? Me pareciste una chica muy extraña. Así que y sin medir precauciones, decidí pasar de largo. Ignorándote a toda regla. Montando apresuradamente en mi bicicleta. Y pedaleando a velocidad.
No podía detenerme por ciertos incidentes menores en mi camino, pues debía llegar a casa antes de que empezara a llover más fuerte, preparar la cena para mis hermanos y repasar mis apuntes del día.
Sin embargo, «eso» me detuvo y nos conocimos.
Apenas unos cuantos metros de mi gran salida, las llantas de mi bicicleta resbalaron con el agua de lluvia empozada y no podía avanzar más por el gran dolor que me había provocado. ¡Me había dado un gran golpazo! Y estaba demasiado avergonzado para levantarme de inmediato.
¡Maldita sea!
Tus ojos se dirigieron a mi estruendosa caída, pero no rieron ni se burlaron sino que se compadecieron de mí. ¿En aquel momento estabas apunto de ayudarme? No lo sé y siempre me lo preguntaré, porque mi siguiente movimiento fue el de levantar mi bicicleta y salir corriendo ignorando mi propia cojera. Estaba totalmente empapado y embarrizado.
—Adiós —dije sin querer y emprendí mi marcha como pude.
Lo siento, Mariza.
Debí preocuparme por ti. No debí dejar que siguieras llorando bajo aquel árbol. Debí preguntar por qué llorabas. Lo siento. No debí me fui pensando en mí mismo. En ese momento no eras parte de mi mundo y ni siquiera tenía la menor idea de lo que llegarías a ser para mí.
Para mí, solo eras la «chica del Jacarandá»
—¿Por qué demoraste tanto? —preguntó abruptamente una de mis hermanas cuando llegué a casa todo maltrecho—. Estas todo asqueroso, empapado —y bla… bla… bla…
Por tal incidente había llegado en mucho más tiempo de lo esperado a casa. Pero, aquello era lo menos importante del aquel día.
—Buenas noches, me alegra verte también —le saludé ironizando mis palabras para hacerle enojar y recordar a la vez los buenos modales saliéndome de su línea de conversación.
—Ah… ¿sí? —sin embargo, ella me ignoró haciendo ver que estaba leyendo algo en su celular y me lanzó una toalla para que me secara—. Buenas noches…o como digas —dijo ella.
Quisiera hablarte sobre lo “cálido” y “fraternal” que son los recibimientos en mi casa pero de eso ya los conoces bastante y tan solo te diré por ahora, que aquella charla innecesaria me hizo olvidar por un momento del pequeño accidente y hasta del dolor en mi pantorrilla. Como siempre Milagros, mi hermana mayor, me flanqueó en el recibidor sin dimitir en su papel de guardiana a menos que cumpliera con su requisito (que esta vez era): “Deshacerme completamente de toda mi ropa mojada”. Ella no me permitiría ensuciar el piso recién trapeado por ella.
Déjame abrir paso en esta parte para hablarte sobre las reglas no escritas de mi casa y así puedas entender mejor:
Regla 10: “Milagros era la hermana mayor y jefa de la casa. No podías enseñarle alguna lección porque ella ya lo sabe todo”. (Cosa que me gustaba cuestionar).
No obstante, cuando estaba a punto de soltar mi siguiente frase para provocarle, Diana, la menor, advirtió:
—¡Dani! ¡Ven rápido! ¡Compramos comida y tu parte está en la frigorífico! —gritó mientras hacía el otro papel de la guardiana de la cocina—. ¡Cómetela rápido que Renzo está hace rato rondando!
“¡De seguro era comida china!”
—¿Dani? ¿Qué te ha pasado en tu pierna? —preguntó Milagros al escuchar mi “auch” a la hora de quitarme el pantalón—. ¡Diana trae alcohol y algodón!
Esa era otra de las reglas en mi casa, la privacidad era poca.
—¿Por qué volteaste? ¡No ves que me estoy cambiando!
—Es tu culpa por eso te di la toalla… además no te vi nada, quejón —rebatió sin darme la debida importancia e inspeccionó la herida con sus cejas arqueadas—. ¿Esto te hiciste con la bicicleta?
—Me caí.
—Me caí —me arremedó y aplicó el alcohol sin cuidado.
Diana también miraba la herida sosteniendo los demás implementos del botiquín concentrada en querer tocar la sangre.
—Eres un estúpido —Milagros dio inicio a su sermón—. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no manejes cuando hace lluvia? ¿Acaso no sabes cuantos accidentes puedes provocar?
—Ya lo sé... —afirmé con resolución queriendo cortar todo su rollo de hermana mayor—. Sino es qué…
—¿Es que qué? ¿Ahora qué excusa dirás?
Me había agarrado y no sabía que decirle.
—Vi un fantasma en la facultad —atiné a decir.
Diana no sabía si reír o compadecerme. Aquello ni siquiera les pareció gracioso y aunque, me arrepentí de inmediato no podía dar marcha atrás, puesto que había avivado más el enojo de Milagros para soltarme tremendo sermón.
—Oh, ¿en serio? Cuéntame más… —ella me alentó para que acumulara más pecados y así mandarme… ¡a la horca! A la vez que daba entender su “Vamos, sigue… sigue… quiero ver cómo me mientes”.
—Ella estaba llorando bajo un árbol en medio de la lluvia —respondí ya prediciendo mi fin—. Nunca antes la había visto, era muy delgada y, tenía el cabello de color rojo…
—¿Estaba pálida? —preguntó Diana con genuina curiosidad—. ¿Y de casualidad tenía un abrigo azul?
—S-si —respondí sin si quiera recordar como era su cara.
—¡Ah! —gritó entiendo algo que ni siquiera el relator de la historia (ósea yo) entendía—. ¡Ella es Marisa!
Y así empezó nuestra historia.