—Cuando estas sumergido en el mar de la desolación, no negarás (cuando digo) que es igual a estar dentro de un estado de quietud y de desesperación. O todo a la vez. ¡Oh! ¡Lejanía efímera! Cierras los ojos y es como un sueño: sientes que nada vale la pena y, a la vez, sientes que todo lo haces por nada. Fantasma susurrante, cuando finalmente te vas, dime si puedo abrir los ojos esta vez, pues cuando me doy cuenta, el tiempo ya ha pasado demasiado, y todos estos sentimientos intrusos ya me han hecho perder demasiado el tiempo.
“¡Que aburrido!”, Sigrid pensó al entrar a la tienda.
Otra vez ese loco estaba hablando sobre banalidades sin sentidos…
Que si su depresión… que si su tristeza… que si sus achaques mentales.
Todo eso no era más que falso.
—He completado la entrega de hoy —dijo ella para captar su atención.
—¿Y eso debería importarme? —dijo este de forma aburrida y depositando su cabeza en el escaparate de vidrio—. Vete a tu casa o algo… no me gusta ver tu horrible cara por aquí
—Solo pase a conversar un poco sobre «eso» —dijo ella.
—Sabes que «eso» cuesta, mi hermosa Sigrid —dijo cantando sin ánimos.
—Tú solo tienes que responderme si o no —siguió ella—. Escuché que el asqueroso viejo del sombrero desapareció. ¿Acaso tú tienes algo que ver con eso?
—Siento que tu plática no terminará solo en ello, al menos trajiste un poco de…
—¿Comida? ¡Claro que sí! He pedido comida nanji, llegará aquí en diez minutos.
Entonces, el tendero empezó a reírse maniáticamente.
Sacó algunos chocolates que tenía en los bolsillos y también los puso sobre la mesa. «Toma uno», dijo y se fue a su cafetera con suma pereza para servir dos vasos.
—¿Por qué te interesan este tipo de cosas? ¿Acaso te quieres volver policía?
—Es solo que ese perro me debía dinero —respondió ella—, y me llevaba TAN BIEN con su hija, se ajustaba TAN BIEN a mis gustos… Es una pena que tu jefe al final se quedara con ella.
—Veo que estás bien informada.
—¿Qué hiciste? —acusó Sigrid.
—¿Qué no solo iba a responder con un “si” y un “no”? —y el otro se burló.
—Eres una mierda.
El tendero fingió sorprenderse y ofenderse en una sobre actuación dramática que a Sigrid le pareció grotesca. Luego cogió uno de los chocolates, sacó su envoltura con mucha paciencia y se lo ofreció a Sigrid con una sonrisa. «Ten», dijo pero ella no dejó de tener sus manos cruzadas. Estaba realmente molesta.
—Escuché que hoy abría una subasta en el sitio —Sigrid prosiguió—. Quiero la clave.
—¡Así que por eso viniste! ¡Haberlo dicho antes!
—Ten, espero que encuentres un buen juguete —dijo el tendero y le ofreció un papel doblado.
—Gracias —ella respondió—. Te traeré un regalo.
—¿En serio? Gracias, pero ya sabes que no me gustan los ruidoso. Quítales las cuerdas vocales antes de traerlo.