Vanessa salió con la última pieza del probador improvisado que había en la habitación de Ana y se acercó al espejo gigante que le enseñaba el cuerpo entero.
El vestido era precioso. Rojo y vaporoso, como le gustaba. Ceñido a su cuerpo en las partes correctas como una segunda piel, pero tan ligero y fresco que resultaba impactante. Era juvenil y recatado, pero la sedosa tela en contacto con su piel se sentía increíblemente sensual.
Le encantaba.
— ¿Realmente es para mí? —volvió a preguntarle a la chica sin creérselo aún.
— Fue diseñado especialmente para ti —le dijo la muchacha y sus ojos brillaban encantados— ¿Te gusta?
— Lo amo —exclamó efusivamente.
Vanessa había estado probando los diseños de Ana, desde que la chica acabó la secundaria y se metió de lleno como modista autodidacta. Le encantaba ser su modelo y aquel vestido era, lejos, lo más hermoso que había tenido el honor de probarse.
¡Y dijo que fue expresamente hecho para ella!, no podía contener su felicidad.
— Acércate —llamó con una sonrisa, Ana a Vanessa, mientras sostenía un listón rojo, bordado estratégicamente con algunas mariposas blancas tan hermosas y delicadas que parecían hechas de cristal con ligeros destellos de plata—. Date la vuelta, lo sujetaré en tu cabello.
Vanessa se acercó a la chica y se giró frente a ella. El vestido hizo un vuelo suave sobre sus rodillas, que le sacó una sonrisa amplia y espontánea.
Estaba completamente enamorada de aquel vestido.
¿Había algo que Ana no supiera de ella?
Desde el color hasta el ajuste perfecto sobre su cuerpo, Ana había acertado perfectamente en sus medidas y sus gustos, casi como si supiera con exactitud lo que guardaba en su cabeza. En aquella increíble pieza, hasta los detalles más pequeños e insignificantes, que podrían pasar desapercibidos por los demás, fueron vistos por Vanessa. Tan cuidadosos, tan íntimos.
No era la primera vez que sentía aquella fuerte sensación sobre la relación entre las dos... pero tenía mucho miedo. ¿Y si se equivocaba en realidad?
No tenía intenciones de arruinar una amistad profunda por una sospecha infundada.
Sin embargo, mientras Ana atrapaba sus rebeldes cabellos con la cinta, de forma ordenada e inofensiva; su mente, extremadamente veloz a la hora de imaginar cosas indecentes, enfrentó una severa crisis.
Vanessa, imprudentemente, comenzó a fantasear con la idea de darse vuelta y propinarle un beso apasionado. Voraz y feroz, que la dejara temblando.
Quería que las manos hábiles de la chica, tan diestras a la hora de confeccionar, se colaran bajo las ondas del vestido y amasaran su piel caliente.
Quería que sus dedos desabotonaran uno a uno los botones del frente y descubrieran su escote amplio.
Que sus atributos fueran devorados por la mirada ansiosa de la chica mientras éstos se presionaban turgentes y firmes como si no pudieran esperar a que les diera una probada.
Intentó recoger sus pensamientos.
Quería retroceder y alejarse, pero la voz de la chica la detuvo en su lugar.
— ¿Puedo pedir algo a cambio? —su voz sonaba avergonzada, como si lo hubiera pensado mucho antes de decidirse a decir aquellas palabras.
— Lo que quieras —dijo inmediatamente Vanessa y sin pensar siquiera un segundo.
Si Ana lo quisiera, hasta su propio corazón le entregaría en bandeja de oro y plata, pensó fugaz. Aunque no lo dijo. Esperó largamente para oír cuál sería su solicitud.
Al no obtener respuesta por un largo tiempo, se giró para buscar su mirada, pero se sorprendió cuando la chica se inclinó de súbito, hasta que sus labios suaves estuvieron pegados tiernamente sobre su boca.
Fue como si miles de fuegos artificiales estallaran de repente en su cabeza, haciendo mucho ruido.
Todo era caos. Todo era descontrol en su interior.
El contacto era sutil y ligero, pero Vanessa podía sentir como las murallas, que cuidadosamente había creado entre las dos, se desplomaron en escombro y grava a sus pies, dejándola expuesta y desnuda. Sus emociones se vieron libres de ataduras y sujetó a la muchacha en un abrazo silencioso, como si no pudiera contenerlo.
Sus labios se movieron lento sobre la boca de Ana, temerosos de que fueran una ilusión. Sin embargo, aquella boca se amoldó a sus besos y descubrió que no estaba soñando.
El listón, olvidado, quedó a sus pies en un revoltijo de tela bellamente bordada, mientras ambas se besaban profundamente, para no soltarse ya más.