“No puedo creer que con tan solo unas palabras cariñosas haya caído tan rápido”
En el sótano de quien sabe dónde, me lamentaba acariciando las rejas de mi celda. Sentando en aquel piso de piedra, trataba de hacer memoria de todo lo sucedido. Pero lo único que venía a mi mente eran aquellas «palabras dulces».
—¿En qué demonios estaba pensando? —dije.
Puesto que aún podía sentir el paso de su lengua en mí.
—…
Estaba loco.
De pronto, una luz se acercó a mi celda. Olía a un niño omega y sí, en efecto, era un estúpido omega. Él traía una bandeja. «Qué bien», pensé y este depositó la comida en el suelo para luego deslizarla debajo de los barrotes.
—¿Dónde estoy? —es lo primero que pregunté pero él no me respondió.
Siguió caminando alejando toda la luz.
—Ey —volví a insistir.
—Cállate —respondió este—. Si te comportas bien, haré que el amo te ponga entre la mercancía buena.
—¿Mercancía? —repetí iluso.
—Sí —respondió—. Pero si te comportas mal, haré que el amo te destace y te venda en pedacitos.
El tono de su voz era infantil pero frío. Su fría mirada me causaba extrañeza y su maldita sonrisa me daba ganas de vomitar. ¡Demonios! ¿Cómo es que había caído en ello? El miedo comenzaba a entrar por mi piel. Temblaba y tenía tantas preguntas. No obstante, la pregunta que más me importaba era:
—¿Tráfico de omegas? —dije en voz alta y el niño aprobó aplaudiendo.
—¿Escucharon, los demás? —dijo casi gritando en ese calabozo lleno de eco—. El chico nuevo por fin entendió. ¿Qué premio le damos? ¿Más sal?
Entonces, sonriendo cogió un sobre de su bolsillo. Lo rompió con cuidado y luego puso un poco en su mano.
—Come —dijo y sopló aquel polvo en mi cara.
—¡¿Qué te sucede?! —quise luchar, pero mi cuerpo se sintió ligeramente adormilado.
—Dulce sueños —dijo por último y yo sin poder desobedecer lo hice.
Entré a un sueño, estando despierto.