Él terminó dándole un beso en la nuca y luego se separó de ella para fumar un cigarro.
Soraya, en posición fetal, lloraba en una esquina cubriéndose con las sabanas. Trataba de no hacer ruido tapándose la boca y aguantando la respiración. Pero nada. Era inútil. Aquel hombre la golpearía de nuevo y nadie podría salvarla. Él era una bestia. Él siempre la lastimaba. Él la había comprado en una subasta de esclavos.
—Ya deja de llorar —enojó este mientras ella se retorcía entre sus lágrimas.
Le dolía y ardía allá abajo. Sangraba. Su primera vez había sido de lo más desagradable. Mover la cadera o las piernas era impensable. Se sentía sucia.
Por ello…
“¿Para esto serviré de ahora en adelante?”, pensó compungida. “¿Ahora soy una puta? ¿Una maldita puta?” pensó y pensó.
Soraya estaba aterrada. Le asqueaba su propio cuerpo. Niall había dejado toda su esencia sobre ella. Todo su ser olía a su colonia. Desde la punta de sus cabellos a la punta de sus dedos de los pies. Todo lo que consideraba suyo había sido arrebatado y manoseado en tan poco tiempo. ¡Quería escapar ahora más que nunca! Pero su cuerpo no respondía. Temblaba y se sentía vacía. Se sentía como un cascaron vacío. Como un adorno feo. Como una muñeca que no podía quejarse.
¡No quería convertirse en aquellas putas que había conocido en el casino!
—Lo siento —resonó la voz carraspeada de Niall.
«¿Lo siento?», repitió Soraya en sus pensamientos y no pudo evitar explotar en llanto.
¡No quería escuchar esas palabras! ¡Sobre todo de él! Esas palabras no podían caber en su boca. Quería insultarlo. Gritarle todo lo que tenía guardado. Pero… ¿cómo hacerlo? ¡Le tenía miedo! ¡Le tenía pánico!
«¡Un “lo siento” no arregla nada!», gritó dentro de sus pensamientos.
Sus disculpas la insultaban. Lo odiaba. Lo odiaba con todo su alma. Pero era impotente ante él.
Estaba encadenada a él como su “perra”.
—No llores… —volvió a habñar Niall con un tono arrepentida—. Lo siento… en serio… lo siento—Él siguió con voz temblorosa—. Yo… no quería hacerte eso… ¡no así! ¡Mierda! ¡Soy una mierda!
Niall se levantó de la cama y fue a descargar su ira contra la pared dando puñetazos. Se destrozaba las las manos y dejaba pintadas las paredes con su sangre. Pero, ¿qué podía importar? Soraya no lo quería ver. Su cuerpo se encogía con cada sonido que Niall provocaba enfurecido. Le aterraba sus gruñidos. Puesto que tan solo podía abrazarse a sí misma deseando que todo eso fuese el mal sueño y ya. Deseaba que aquel demonio se esfumara.
—Lo siento… no quería hacerte daño —lagrimeó aquel demonio—, yo solo... —apretaba dientes y puños por la frustración que sentía.
Así que…
—¿Para esto serviré? —habló Soraya con un nudo en la garganta llenándose de valor—. ¿Para esto sirvo?
—No —respondió Niall sin saber cómo seguir.
El monstruo sentía culpa por primera vez en su vida.
EL amor de su vida le tenía miedo y él lo sabía. Había cometido la estupidez más grande de todas. Nunca más podría acercarse a ella.
—Yo… nunca más te hare daño —dijo sin saber qué más hacer—. Lo siento.
Niall no quería perderla.
Ella había sido destinada para él desde su nacimiento, y él para ella.
Él lo sabía, pero el lazo ya estaba roto.
Él lo había roto.
Ella le tenía miedo y deseaba que no la tocara nunca más.
Por ello…
—Si quieres… puedes irte, eres libre —dijo y se fue de la habitación.
Soraya sin comprender nada de lo que pasaba, siguió llorando sin creer en ninguna de sus palabras hasta que cayó dormida del cansancio.
El lazo se había roto.
Soraya lo rechazaba.
Pero…
—Manténgala vigilada las 24 horas —ordenó Niall—. La muchacha puede ir a donde quiera, pero NO sin vigilancia.
Ya que no se iba a rendir aún.