Hace un milenio, la serpiente emplumada Quetzalcóatl estaba en los cielos observando las hermosas selvas mesoamericanas. Él más que nadie anhelaba poder vivir en esos lugares, pero al ser un dios, solamente podía observar desde arriba como todos los seres disfrutaban de su mayor anhelo.
Un día al estar conversando con Tláloc, dios de la lluvia, pasó por su mente el querer rencarnar en un animal y dejar su naturaleza divina. Su sueño era poder sobrevolar aquellos lugares y poder vivir la experiencia de ser mortal.
—¿Y si rencarno en un ave para disfrutar de aquellos paisajes?
—¿En serio estás dispuesto a dejar tu divinidad por descender a la Tierra? —preguntó Tláloc tocándose la barbilla—. No estoy en contra de que lo hagas, sin embargo, tendrás que pedirle permiso a Huitzilopochtli para que te deje descender.
Quetzalcóatl sabía mejor que nadie que mantener una conversación con Huitzilopochtli era cosa difícil. Su carácter duro y violento lo hacían ver como el dios más temible, aun así era amado por toda la humanidad y lo apodaban como “El Dios de la guerra”.
Pasaron varios años desde que Quetzalcóatl contó su deseo a Tláloc en aquella breve conversación. La Serpiente Emplumada en ese tiempo se estuvo preparando para buscar al dios guerrero que se encontraba en lo más alto de los cielos, un lugar el cual pocos podían llegar, sin embargo, para él sería muy fácil, ya que su figura le permitía sobrevolar los cielos mejor que nadie.
Cuando llegó la noche Quetzalcóatl abrió sus alas y emprendió el vuelo hacia la cima de los cielos. La oscuridad le provocaba una tristeza profunda a la serpiente, puesto que le traía pensamientos melancólicos sobre la larga vida que había llevado. Pasaron varias horas, el cielo estrellado empezaba a desvanecerse por el amanecer cuando por fin llegó a lo alto del cielo.
Lo primero que hizo fue una pequeña reverencia y se acercó a Huitzilopochtli, que con unas cadenas doradas estaba arreando el sol para iluminar la Tierra. El dios guerrero al ver a la serpiente emplumado jaló con mayor fuerza el sol para adelantar el amanecer y poder atender al invitado inesperado.
—¿Qué hace aquí la Serpiente Emplumada?
—He venido a pedirle que me deje renunciar a mi divinidad y me deje rencarnar en un ave para poder cumplir mi sueño —respondió Quetzalcóatl firmemente.
Huitzilopochtli sorprendido de la petición, se sentó en su trono formado de nubes doradas y llamas ardientes. En sus tantos años de ser el dios supremo y escuchar peticiones de los demás dioses, ninguno le había pedido tal cosa como la de renunciar a su divinidad; aún sorprendido le preguntó:
—¿Cuál es tu sueño?
Quetzalcóatl guardó silencio por unos momento hasta que respondió de forma melancólica:
—Mi sueño es poder vivir como ave y sobrevolar aquella selvas… también quiero saber lo que es vivir realmente.
Ante tal sorpresa el dios guerrero se levantó para acercarse hacia él y darle su veredicto:
—Si tu deseo es volverte mortal… no intervendré, sin embargo, nunca podrás volver a obtener tu divinidad y todos sus seguidores te olvidarán… ¿Estás seguro de ello?
—Estoy seguro de lo que haré… le agradezco de verdad que aceptara escucharme… y no se negara ante mi renuncia.
—No me agradezcas… no soy tan bueno para haberlo hecho sin ganar nada a cambio.
Quetzalcóatl simplemente sonríe y empieza a descender de lo más alto con mucha felicidad. Se había sentido atrapado tanto tiempo, que ahora ya era libre y podía llevar la vida como él en verdad quería.
Al llegar a la puerta que conecta el cielo y la tierra se encuentra con Tláloc. En esta parte del cielo Tláloc hacia su trabajo de provocar lluvia en la tierra mesoamericana.
—Supongo que este será el adiós —dijo Tláloc mientras provocaba lluvia.
—Solamente es un hasta luego, en algún momento nos volveremos a ver y tú serás el primero que me verá en mi forma de ave.
Al momento que dijo eso Quetzalcóatl, este mismo se envolvió en capullo color verde con franjas rojas. Pasaron unos diez segundos para que de ese mismo capullo apareciese una hermosa ave color verde, con algunas partes de su cuerpo rojas y blancas, que pintaban todo su cuerpo, desde la cabeza hasta su larga cola delicada. Tláloc al ver tal belleza abrió la puerta de los cielos y dijo:
—Aunque La Serpiente Emplumada deje de existir nunca será olvidada, porque al ver a esta hermosa ave, recordaran que alguna ves existió Quetzalcóatl… ¡Se libre pequeño Quetzal!
El ave de gran belleza hizo un sonido y descendió de los cielos dejando atrás, lo que anteriormente era su prisión, para poder explorar por él mismo lo que era la Tierra y encontrar el sentido de vivir.
Cada vez que nos encontramos con un Quetzal, podemos ver a uno de sus tantos descendientes que siguen viviendo el sueño de su ancestro.