Relato "Argus"
Mi querido Ricardo. Mi fiel amigo desde que éramos niños. Tan solo unos infantes y sin tener grandes riquezas. Sobreviviendo a la hambruna y la crueldad de las calles. Sin embargo, tú siempre estabas ahí para protegerme.
Tu sonrisa siempre tan vislumbrante y armoniosa que conquistó mi corazón. No sabía qué era en ese momento, pero amor era lo que sentía.
Lamentablemente, nuestro mundo se terminó cuando decidiste irte a la capital y dejarme con la promesa de volver por mí y brindarnos un mejor futuro.
Nunca volviste...
y ahora aquí estoy, habiendo sido secuestrado y entrenado como una máquina de matar. No tengo opción alguna más que continuar y asegurar mi propia supervivencia.
Tarea de asesinato era el pan de cada día, y hoy no era la excepción. Deshacerme de un gran noble era mi objetivo esta noche, y para mi gran desgracia, eras tú, Ricardo.
La misión era prioridad y como ya se ha dicho, no es nada personal. El plan era simple, llegar a ti sin levantar sospechas y asesinarte.
Era realmente fácil, pero mi mano no podía levantar la guadaña. Iba a ser una gran pérdida. Un gran ser humano como tú no debía morir. Así estuve durante un tiempo. La idea de salir de la hermandad y huir contigo no parecía nada mal.
Si me lo hubieras pedido en este momento, escapariamos los dos juntos. No importaba qué tan lejos. Solo un lugar en dónde nadie nos pudiera encontrar.
De esta forma iba a poder ser capaz de protegerte. No era necesario que me siguieras protegiendo más, yo lo haría con todo gusto. Seríamos al final felices, como estábamos destinados a serlo.
Sin embargo...
Tanto su esposa y su hijo interrumpieron en el peor de los momentos. Los maldije con todo mi ser. Este momento era algo especial para ambos. Tenías que fijarte en mí y solo en mí.
Pero no, tuviste que mirarlos a ellos y empezar a suplicar por sus vidas aunque sólo fuera la tuya la única que tomara. Mi Ricardo, tan tonto cómo para pensar eso.
Mi mayor error fue haberme quitado la máscara y dejar que vieran mi rostro. Si dejaba algún testigo aquí, irían por mí y hasta la misma hermandad no dudaría en deshacerse de alguien como yo si les provocara problemas.
En ese momento sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Solo rogaba que tú no me odiaras, Ricardo.
No fue nada personal, lo juro. De los errores se aprende, y desde ese momento procuré tener más cuidado. Podía notarlo, cómo me observabas a mí con esos ojos de desesperación.
No me agradaba en lo más mínimo, esa no era la mirada con la que siempre me mirabas de niños. Tonto fui al pensar algo tan insignificante por un momento. Obviamente las cosas ya no iban a ser como antes.
Ignorando tus súplicas, hice lo que tenía que hacer...
Una vez que la misión terminó, estaba listo para irme, pero una mano sujetaste mi pie izquierdo. Todavía te sostenías a la idea de morir así. Incluso en tus últimos momentos, eras alguien asombroso.
Las últimas palabras de tu aliento fueron...
—Te odio. Ojalá nunca te hubiera conocido—
Fue así que, Ricardo, por fin dejaste esta vida. Tus palabras fueron tan crueles que lastimaron mi corazón. Fuiste mi amigo, mi querido Ricardo. Sabía que no lo decías en serio. Pero yo lo entendía perfectamente. En ese momento estabas enojado conmigo. Eran normales este tipo de reacciones.
Ese rostro tan perfecto, arruinado por esa mancha roja que provenía de tu ser. Utilicé mi propia capa para borrarte esa horrible imperfección. Así mi Ricardo no serías encontrado con esa imagen tan impresentable sobre ti.
A diferencia de ti yo no te odiaba, te amaba. Fue gracias a tu ser que llegué a mi lugar. Me habías abandonado para por fin encontrar el lugar perfecto para mí. Uno en dónde realmente pertenecía y dónde jamás estaría nuevamente solo.
Y por eso te estaré eternamente agradecido.