¿Qué? ¿Cómo?
–¡Que desgracia más grande! –me quejé cuando limpiaba el piso del Salón de Bailes–. ¿Por qué de todas las princesas me tocó la más inútil –despreciaba mi vida.
Blanca como la nieve. Labios rojos como la sangre. Una belleza envidiaba y...
–¿Cómo escapo de esta historia?
Era fácil decir que la libertad estaba cerca, ya que el bosque estaba justo al costado del castillo, pero qué iba saber yo. ¡Moriría! ¡No sabía como sobrevivir en el bosque! ¡Y no estaba loca para dejar mi futuro a unos 7 enanitos desconocidos o a un príncipe enamoradizo de veintitantos años!
¡Yo solo tenía 13 años de edad!
Por ello...
–Espejito, espejito... ¿cómo puedo escapar de ese futuro? –pregunté cuando me tocó limpiar el aposento de la reina–. Espejito, espejito... dime, ¿cómo me salvó de la ira y envidia de mi madrastra?
–Deja de ser hermosa –respondió y yo lo odie. –No.
–Entonces muere
–No.
–Entonces mata a tu madrastra –dijo y yo suspiré una vez más–. Ya te lo he dicho. Solo una saldrá viva "UNA" al final de este cuento.
–Sí, si... ya escuché.
No era la primera vez que escuchaba esa respuesta. Pues gracias a ese bendito espejo mágico me había enterado que había estado viviendo dentro de una historia.
–Solo sigue con la historia y podrás vivir muchos años –agregó el espejo a su grandes consejos–. Te casarás con un gran príncipe y tendrás una vida de lujo. Es fácil. Solo relájate.
–¿Fácil? –bufé.
La historia comenzaría cuando cumpliera 14 años. Es decir, dentro de uno tres meses.
Por eso estaba desesperada.
Mi madrastra ya andaba viendo la manera de matarme. El príncipe "ese" se acercaba cada vez que ponían a mi ventana para cortejarme. Los sirvientes ya se preparaban para mi muerte.
–¿Y si me escapó a otro reino? –pregunté
–Muere o deja morir. Ese es tu destino. Una de las dos morirá al final del cuento.
–¡Bah!
Mi madrastra era una excelente reina.
Mi padre había llevado al reino a la pobreza y ella lo había salvado. Yo era una inútil en política igual que él. Ella se merecía ser la monarca. Pero el destino de una manzana nos rivalizaba.
Qué tontería.
–¿Cómo cuanto tengo que desfigurarme para salir de la vista de mi madrastra?
–No mucho... –dijo el espejo–. Pero si lo haces... el destino solo se traspasará a la segunda persona más hermosa... para que el cuento siga.
–¿Y ella acabará muerta?
–Sí.
Qué difícil.
¿Qué debería hacer?
No quería que nadie terminara muerto.
Ni siquiera ese inútil cazador que me acosaba de vez en cuando.
–¿Y si me vuelvo más poderosa que la reina? ¿Y si pido ayuda a otros reinos?
–¡Já! ¿Crees que es fácil convertirse en una hechicera poderosa? ¿Crees que te prestaran atención los otros reinos?
–¿Y si te rompo? –ideé encontrando por fin la solución perfecta–. Tú causaste todo. Tú eres la voz que fastidia a la reina.
Ya que, si me ponía a pensar bien... ¡el principal culpable de todo era ese maldito espejito!
–¡Já! ¡Inténtalo! –retó el espejo y yo le lancé todo tipo de objetos–. No puedes romperme. Estoy protegido con magia.
–Espejito, espejito... dime, ¿cómo puedo romperte un poquito?
–¡Es imposible!
–¡Yo conseguiré la forma!
–¡Estas atrapada en este cuento! ¡Ríndete y cumple tu destino!
–¡No!
–¡Hazlo!
–¡No! ¡Yo conseguiré salir de mi destino! –proclame y entonces mi padre entró a mi habitación–. Yo...
Estaba jugando con mis muñecas.
–Perdón por llegar tarde, Ánica –dijo él–. El trabajo estaba duro –sumo sonriendo.
–¡Papá! –grité emocionada y dejé la muñeca luchadora de Blancanieves cerca del espejo.
FIN
...