Mi vida siempre había sido normal como la de cualquier otro adolescente, con la diferencia de que, anhelaba encontrar algo que prendiera mi corazón. En aquel entonces escribía, pero sentía que me faltaba emplear más emociones a mis textos para que pudieran llegar a las personas.
Entró el invierno, las fiestas navideñas se hicieron presentes en mi ciudad. Todo el mundo disfrutaba dichas celebraciones, la alegría y diversión se lograban presenciar en los rostros de las personas.
Era 25 de diciembre, la nieve inundaba las calles, las temperatura bajaron de forma drástica, pero eso no impidió que saliéramos con mi familia a un viejo parque, donde el lago congelado servía como pista de patinaje. Mis padres y mis dos hermanos gemelos fueron a patinar, mientras yo escribía en mi vieja laptop. Estaba sentado en una banca de madera que, se encontraba a unos cuantos metros de la pista.
Todas las familias que pasaban me miraban de forma extraña, creo que se preguntaban del porque un joven estaba en su laptop en plena navidad. Ciertamente agradezco haberme llevado ese día mi computadora, porque así conocí a una persona que le daría sentimientos y pasión a mis escritos.
Por un momento cerré mis ojos y me recosté en la banca para tratar de pensar en el argumento de una historia de desamor. Un aroma dulce como la lavanda fue lo que provocó que abriera los ojos y viera a la que se convirtió en mi musa.
Ella tenía una apariencia delicada, de piel blanca como la nieve, pelo color castaño y ojos celestes. No parecía ser mayor que yo, pero si era más alta; recuerdo que en aquel momento me sonrojé al verla, intenté hablarle y preguntarle ¿cuál era su nombre?, pero simplemente no me salieron las palabras.
—¿Crees que me pueda sentar?
—¡Eeeeh sí! —respondí mientras me acomodaba.
No sabía que hacer o que decir, solamente podía mantenerme callado y esperar alguna reacción.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Sí… ¿qué sucede? —respondí mientras cambiaba mi mirada hacia ella.
—¿Por qué estás solo en esta banca? —me preguntó con voz dulce y cálida.
—No soy mucho de disfrutar eventos como la navidad, además, me gusta estar solo, ya que me permite concentrarme en mis escritos.
—No crees que vivir experiencias como estas, te pueda permitir escribir de mejor forma.
—Lo sé, pero dudo que al hacer eso me ayudé a mejorarlos —dije mientras abría mi laptop—. Siento que le falta una emoción o algo que generé una llama de interés en los lectores.
Jamás en mi vida le había enseñado uno de mis textos a una persona que no fuera mi maestro de literatura o mis amigos, pero por alguna razón me dejé llevar y le enseñé el escrito que estaba haciendo.
Ella lo leyó detenidamente, después de acabar me miró y dijo algo que nunca olvidaré:
—En mi vida, jamás había leído algo como esto, siempre estaba acostumbrada a leer historias que terminaban en un felices por siempre, ahora veo que no siempre es así —me dijo mientras soltaba unas cuantas lagrimas—. Dices que no logras darles esa emoción, pero desde el punto de mi vista, creo que este relato refleja lo que sientes y eso es lo único que importa. No debes escribir para el público, escribe para ti y disfrútalo como lo acabo de hacer.
Durante tantos años que llevaba escribiendo, jamás había escuchado a una persona que expresara tal cosa de mis escritos. En ese momento sentí una llama que se prendía por todo mi cuerpo, no sabía si era felicidad lo que tenía, pero tales palabras las guardé en mi corazón hasta el día de hoy.
Pasamos dos horas hablando hasta que nos tocó despedirnos. Nuestras miradas se cruzaron por unos momentos, hasta que ella se alejó mientras me hacía una seña de hasta la próxima con su mano, pero antes de que se alejara completamente de mí le grité:
—¿Cuál es tu nombre?
Ella con una sonrisa me respondió:
—Me llamó Yukine, que significa “nieve”… ¿y el tuyo?
—Mi nombre es Yassem y significa “viento suave” —grité.
—Espero algún día poder leer otro de tus escritos, pero ya en papel como tal.
Después de decirme eso, se fue de mi alcance, se juntó con sus padres y se fueron del parque.
Recuerdo que miré el cielo y sentí una melancolía profunda, pero a la vez también sentí gratitud y alegría, por todo lo sucedido con ella.
No sé si fue destino o casualidad que nos encontráramos, pero sé que desde aquel día, mi vida cambió rotundamente y que siempre al escribir la voy a recordar porque se convirtió en mi musa.