Soy ciega y no me da miedo decirlo. He vivido gran parte de mi vida así. Es terrible. Lo sé. Pero no pasa nada. Ya me he acostumbrado y por ello puedo decir que...
–Me da miedo volver a ver.
La fecha de la operación que arreglaría mi visión se acercaba. No había muchos riesgos en ella y todo indicaba que sería exitosa. Pero...
–¿A qué temes? –preguntó mi novio-. Yo estaré para ti. No te preocupes. Te gustará todo lo que ves...
–¿Todo? –pregunté con muchas dudas y lágrimas en mis ojos.
–Sí, todo.
–¿Y si no es así? –revelé mi duda con cautela.
–¿Qué temes ver? -preguntó con un tono algo ofendido.
"A tí", era la respuesta pero no quería decirlo.
Tenía miedo de enamorarme de todas las cosas a mi alrededor y dejarlo a él de lado. ¡Había soñado tanto con eso! ¡¿Acaso me convertiría en una persona falsa que hacía caso a todo lo que vieran sus ojos, más no su corazón?!
–Temo ver a mis padres –mentí–. Tengo miedo. No quisiera desconocerlos.
Entonces, mi novio me abrazó.
Sentía mi dolor... Al igual que yo sentía sus muchos granitos en mi frente. Me gustaban y me hacían cosquillas. Pero...
¡Todo el mundo decía que él era muy feo! ¡Mis padres mismos decían que yo lo dejaría una vez que comenzara a ver! ¡Y todos opinaban lo mismo!
¡Él era el sinonimo de horrendo!
¡Dios!
¿Qué haré?
¿Dejaré que mis ojos me consuman o seré una persona buena que lo seguirá amando?
-Te amo -dije deseando que no fuera la última vez.
Y.
-Yo también -respondió él también planeando como desaparecer de mi vida.