Relato "Caballero sin nombre"
La esperanza, mi única amiga dentro de este reino perdido y sumergido en la desgracia.
Antaño era el esplendor brillante de este reino y su gente. El cielo brillaba a mil maravillas dentro de su capital. Este lugar había sido tocado por el dedo de dios para ser el primer lugar al que llegaría cuando llegara la tierra.
Nuestros avances tan admirables que dejarían a las demás tierras como simples ciudades prehistóricas. Viniendo a pedir ayuda a nuestra ciudadela, siempre recibían la misma respuesta negativa, y así varias veces lo mismo.
Nos habíamos ganado el apodo del reino de los malditos por nunca ayudar.
Aunque nada de eso importaba. Nuestro futuro y el de nuestros hijos era brillante, uno tan brillante como el sol.
Todo esto se perdió, cuando aquel investigador y nuestro rey hicieron ese trato con el mismísimo diablo en beneficio de nuestra tierra tan sagrada.
El cielo tan iluminado pasó a ser completamente oscuridad. No había ningún destello de luz en este presente.
Criaturas de la noche escalando nuestras murallas y aterrorizando a nuestra gente. Nuestros guerreros más admirables, cayendo corrompidos gracias a esa niebla maldita.
Todo estaba perdido. La tierra, su gente, mi hogar...
Nuestro mayor error fue pensar que éramos los elegidos y que nunca tendríamos un castigo por buscar la mera perfección.
¿Habrá sido un castigo de dios hacia nosotros por nuestro tan algo ego? Probablemente era algo posible.
Pero teníamos algo muy claro, tal vez esta tierra estaba perdida, pero las demás, aquellas que criticamos e ignoramos tanto, todavía tenían una oportunidad de sobrevivir.
Nuestro error, nuestra obligación. Solo quedaba tiempo para redimirnos de nuestros errors y proteger el mundo exterior.
El capitán está fuertemente esperanzado en que podremos lograr darle la vuelta a esto. Los demás no le creen, pero se resignan a caer sin luchar.
Más yo, sin embargo, confío en la misma esperanza que él. Es nuestra única oportunidad, después de todo.
Si no tenemos éxito, todo el mundo estará condenado y sufrirá por nuestros errores.
No podemos fallarles.