Por recomendación médica mi abuelo debía apartarse de los negocios y dejar la presidencia de la empresa.
Aunque debería ser mi padre al que le correspondía presidirla, pero eso no va a ser posible, puesto que mis padres, y muy a pesar de sus edades, se habían quedado atrapados en la era de los hippies y como tal actuaban, viviendo la vida sin ningún tipo de ataduras y sin un rumbo fijo.
Obviamente mi abuelo ni siquiera lo consideró para semejante cargo, y por consiguiente fue preparando a su única nieta desde hace cinco años para el cargo en cuestión.
Así que con veinticinco años, comienzo a ejercer la presidencia de la empresa familiar fundada por mi abuelo hace medio siglo.
Debido a la preparación previa que tuve estos años, esperaba que no se me hiciera difícil desenvolverme eficazmente, y sobretodo acatando lo que mi abuelo me recomendó de mantener todo como hasta ahora ha sido.
Haciendo hincapié en el trato cordial con todos y cada uno de los trabajadores, a quién los consideraba como los verdaderos artífices, sin ellos la empresa no existiría.
A veces me sentía a punto de tirar la toalla, es que no era lo mismo los cinco años que estuve entrenándome, a la realidad, no era fácil desempeñar un cargo, donde la mayoría del personal eran hombres, entre obreros, directores y altos ejecutivos, por cierto mucho mayor que yo.
En las asambleas de la empresa, me daba cuenta que a pesar de estar en pleno siglo XXI intentaban subestimarme y descalificar mi trabajo solo por el hecho de ser mujer. Consideraban que había sido un desacierto total de mi abuelo haber tomado esta decisión.
Transcurrido un año, la empresa marchaba igual e incluso mejor que cuando mí abuelo la presidía, fue muy satisfactorio saber que junto con algunos empleados que me apoyaron incondicionalmente, logré desenvolverme perfectamente bien.
Sé que un año no es nada, y obviamente ahora es que tengo camino por recorrer. Máxime, cuando se trata de la empresa familiar, pero de cierta manera, me siento complacida por haber superado los miedos e inseguridades qué al principio me acecharon, haciéndome dudar de mis capacidades y de poder creer en mí.
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