Parecía que me volvería a mojar como siempre. Llovía a cántaros y hacia frío. Ya eran casi las nueve de la noche, no llevaba paraguas porque odio usarlos.
Sí; la lluvia me encanta.
Hace unos años atrás, éste hubiera sido un momento de regocijo y disfrute... pero hoy... hoy no era un día bueno...
Mi racha no era buena, casi nunca. Aún así, sabía darle una vuelta de tuerca a lo que me pasaba y disfrutaba de los pequeños instantes que me daba la vida.
Hoy, en el día de mi cumpleaños, fuí despedido de mi trabajo. Y no porque no fuera capaz o porque hubiera cometido un error...
No. Fue a causa de la tecnología que avanza a pasos agigantados y de ahora en más, mis tareas serían realizadas por una máquina.
Con pesar y el poco dinero que quedaba en mis bolsillos, emprendí el regreso a casa...
Salí de ese enorme edificio, rumbo a la estación de subte, apurando el paso para no mojarme demasiado y al llegar a la boca de entrada, las puertas estaban cerradas.
Me detuve frente a esos portones y miré hacia arriba, con la intención de que algún ser celestial se apiadara de mí.
Solo encontré un cielo nocturno repleto de nubes grisáceas y, las grandes y pesadas gotas que corrían sobre mi rostro...
Caminé lentamente por la avenida. Para ese momento el agua escurría de mi ropa y mis zapatillas chapoteaban con cada paso. No tenía sentido apurarse o aventurarse bajo algún techo o toldo...
Había algo que me molestaba, no estaba seguro, pero creí sentir pisadas muy cercanas.
Disimuladamente intenté alejarme de las paredes, caminar cerca del cordón de la vereda para poder salir corriendo rápido de ahí si lo ameritaba.
—Caminá más lento y no bajes la vista. Haceme caso y no te va a pasar nada—. Me dijo un tipo que había colgado su brazo izquierdo sobre mis hombros y con la otra mano apretaba mi brazo derecho.
No estaba asustado... estaba intranquilo, parecía como si lo conociera, porque sin chistar, hice lo que me pidió.
Cuando llegamos a la esquina siguiente, giramos en ella y apuramos el paso para adentrarnos a una calle sin salida. Soltó el agarre, tomó unas llaves del bolsillo de su campera de cuero y metió una de ellas en la cerradura de la puerta que teníamos en frente.
—Entrá, dale, que hace frío y estamos empapados—. Dijo mientras me empujaba hacia al interior de lo que parecía ser un galpón a simple vista, pero, cuando la vista se acomodaba, la claridad que se colaba por los tragaluz, dejaba ver una vivienda minimalista.
Me saqué las zapatillas al igual que él, haciendo fricción con la punta de cada pie en el talón opuesto y adelanté unos pasos.
Me quedé parado en medio del sitio, intentando entender porque había accedido a ésto.
¿Porque me tomaba todo con tanta calma?. Me preguntaba sin dejar de mirar todo a mi alrededor.
—Tomá, secate y ponete ésto que te vas a resfriar si seguís ahí todo mojado—. Decía mientras me extendía una toalla y se secaba el cabello con otra.
Ya no traía la campera, sólo llevaba puesto unos pantalónes deportivos holgados y una remera blanca que se aferraba a su torso, todavía húmedo.
Era un tipo lindo, carismático y con una pizca de misterio. De esos que con una sonrisa consiguen cualquier cosa.
Asentí con un movimiento de cabeza y miré a mi derecha donde encontré una mesa pequeña acompañada de dos sillas. Me acerqué, dejé mi mochila sobre ella, me quité el buzo junto con lo que tenía debajo y también mis jeans. Me puse la remera y unos pantalones iguales a los que él llevaba puestos ahora. Permanecíamos descalzos. El piso era de madera calefaccionada, todo el ambiente se sentía cálido, pero aún así tiritaba mientras me terminaba de secar el pelo con la toalla que me había dado.
—Ahora explicáme que hacías caminado por éstas calles tan obscuras a estas horas—. Me ordenó mientras se acercaba con una tasa de café que humeaba. Se sentó a la mesa con la suya, dió un sorbo a su café y dejo suavemente la taza para cruzar sus brazos sobre la mesa.
Me quedé parado ahí, con la taza entre las manos, mirando el café y esperando que llegue a mi nariz su particular aroma.
–Decime... Alejandro, — dijo mientras estiraba su brazo hasta mi mochila, leyendo la identificación de mi ex trabajo, que aún colgaba del gancho del cierre—¿tenés a donde ir?—.
No quería levantar la vista, no quería responder. Sorbí tratando de no hacer mucho ruido y alcé la mirada. Ahora me miraba a los ojos. Lo observé detenidamente.
Noté un dejo de tristeza en esos iris color caramelo. Su cabello era castaño oscuro, un poco largo y con algunas ondas. Su tez era sutilmente dorada. Sus dedos, largos y finos. Era delgado pero definido. Llevaba barba corta y prolija y olía endiabladamente bien.
Llevó su mano a su cabello, lo acompañó hacia atrás y lo sacudió, mientras inhalaba profundo.
Suspiró, se recostó en el respaldo de la silla y volvió sus ojos a mi rostro. — Bueno, no puedo dejarte ir con una tormenta así. Creo que deberías quedarte, por lo menos hasta que pare un poco—. Miró las altas ventanas, donde el viento y el agua de lluvia azotaban con rudeza.
Erigió su espalda y se puso de pie.—¿Porqué no tomas una ducha caliente?. Quizá puedas recuperar la temperatura y dejas de tiritar— señalando la puerta del baño con su mano izquierda. Esquivó la vista, se desplazó hacia el sillón y se desplomó, mientras tomaba un libro de la mesa de junto.
No tiritaba por el frío, estaba nervioso. Como cuando estás por dar tu primer beso...
Ese debería haber sido el momento donde tomaba mis cosas y huía de ese lugar...
Pero no, lo que hice fue apretar los pies contra el templado suelo de madera, dejar la taza sobre la mesa, y oxigenando mis pulmones, resoplé buscando ánimo y me acerqué sigilosamente a él.
Cuando me notó, se sentó, dejó el libro en el lugar del que lo había tomado y se cruzó de brazos. Levantó la vista y esperó unos segundos...
—¿Necesitás algo, Ale?—. Mientras desarmaba el cruce de sus brazos y colocaba junto a sus piernas, las palmas, en el asiento del sillón.
Me paré frente a él y me desvestí.
Me incliné y comencé a desnudarlo.
Tenía los ojos abiertos de par en par y la respiración entrecortada. Mi pulso aceleraba cada vez más. Con la punta de mis dedos índice, junté sus rodillas y monté sus muslos. Pasé mis brazos detrás de su cuello, rodeándolo, y entrelacé mis dedos en su cabello. Hice una onda para juntar mi torso y rostro al suyo. Nuestros pechos vibraban y se expandían desasosegados por el éxtasis. Me aparté para verlo ardientemente, acerqué mis labios y lo besé suave, deslizando mi lengua de a poco hasta el interior de su boca y la fundí a la de él.
Con los dedos de mi mano derecha hice un camino zigzagueante y dócil, desde su hombro izquierdo pasando por su pectoral, tetilla, abdomen marcado, ombligo y desde allí, tracé una línea recta por su vientre bajo, hasta llegar a su pelvis. Allí me esperaba un miembro erecto, con su glande fulgurante y rosado, su tronco engrosado y palpitante. Lo aferré con toda mi mano, lo rocé ida y vuelta, de arriba hacia abajo, ejerciendo la presión justa para escuchar los jadeos salir desde el fondo de su garganta, aunque ahora apretara sus labios. Recorrí su mejilla con la propia hasta su oreja, y exhalando, con la boca entreabierta, clamé con vigor.
—Ah... Ale... ya... ah... no puedo más...—. Soltó casi inaudible, mientras tomaba mi cintura y me elevaba, haciendo que soltara su falo para adentrarse en mí, hundiéndose con delicadeza, paulatinamente, hasta lo más recóndito de mi interior.
Nos besamos desmesuradamente, pasional y quimérico. Nuestros cuerpos se estremecían, nuestras manos escurridizas, se hundían en la carne del contrario. Contorneaba mis caderas, hincando sus dedos en mis glúteos, nos acercábamos con magnetismo, amalgamando con vaivén embriagante. Aceleró las estocadas. Izó su cuello bruscamente y curvó su espalda, dejándome vislumbrar la erupción que se avecinaba mientras jadeante, soltaba mi nombre una y otra vez, hasta culminar juntos en un frenético y desgarrado gemido. Teníamos el torso repleto de sudor copioso e ínfimo, el abdomen de ambos ensopado de mis fluidos seminales. Aún respirábamos errático y furioso.
Cuando la euforia apaciguó, me levanté con sutileza, dejé un beso en sus labios y caminé al baño para darme la ducha que antes propuso. Por supuesto, terminó acompañándome.
Después de ducharnos, volvimos a vestirnos con la ropa que hace unos minutos yacía junto al sillón.
Él preparaba café nuevamente, mientras me recostaba en el sillón y ojeaba ese libro de la mesa de junto.
Era un libro de fotografías. Hermosas y sentidas fotografías. En la contratapa, se reflejaba la imagen del tipo que ahora, acercaba la segunda taza de café que tomaría esa noche. Mientras ojeaba el libro, encuentro una de ellas en mi memoria. Era del Hogar donde vivo. Al frente, todos los convivientes posando y... quien narra, un poco al margen de ésa foto.
Él me conocía. Sabía dónde vivía, ya me había visto...
—¿Es tarde para que me presente?—. Dijo mientras se sentaba a mi lado y dejaba nuestras tasas en la mesa ratona. Negué cabeceando y sonreí sonrojado.
—Soy Karim, es un placer conocerte— me dice tomando mis manos entre las suyas y sonriendo ampliamente.—Siempre te pienso Ale... te acaricié tanto en esa foto que sos casi irreconocible, ¿lo notaste?—. Buscó con insistencia mis ojos y cuando los encontró dijo: —Deseaba poder verte pronto... pasó un año de la publicación de esa foto—.suspiró y recostó su cabeza en mis piernas buscando refugio.
—Haberte encontrado hoy fue el regalo más hermoso y esperado. Y... probablemente te resulte un poco extraña la situación. La verdad es que desde el día de la foto no pude olvidarte. Quería... quiero saber todo de vos—. Giró su rostro para verse reflejado en mis ojos.
—¿Sería mucho pedir que te quedes conmigo? Yo...— tomó una bocanada de aire—realment...–lo besé. Lo besé y él siguió el beso... nos besamos terso y largo. Sabía lo que iba a decir y no hacía falta escucharlo. También me enamoré de él...
Por primera vez en mi vida, no tuve que explicar nada. No necesité escribir en un papel, ni gesticular o usar lenguaje de señas. Fuí absolutamente comprendido, acompañado, acariciado y sometido... como, cuando y cuanto quise...
Ese día que comenzó como un día normal, pasó a ser una pesadilla y finalmente, fue el primer-mejor cumpleaños, del resto de mi vida.
Jamás volví a casa.
Ahora Carim era mi hogar, y no quería ni necesitaba nada más...