Él miraba a lo lejos, recordando aquel esplendor que era el sol en primavera. Había llegado muy pronto el invierno con su velo de cielo estrellado, llevándose consigo la flor de cerezo. Había llegado con su manto negro y su frío aliento, congelando la vida que germinaba bajo el indiferente firmamento.
Suspirando, puso las rosas que llevaban esperando tristes a su lado, acompañando a la gris lápida que manchaba con su color el verde y apacible campo.
Le dio el adiós a su hija, adiós a las risas infantiles, a los curiosos ojos marinos y a la alegría. La dejaba atrás para seguir adelante, aunque nunca más volverían aquellos felices años.