La llegada del mes de Agosto, significaba la alegría y entusiasmo. Era la recompensa prometida por el buen comportamiento.
¡Era el comienzo de las vacaciones!
Y por supuesto, ir a casa de los abuelos era una hermosa y mágica experiencia. Papá y mamá organizaban el viaje quizás desde meses atrás, tomaban todas las previsiones necesarias para que todo marchase bien durante el trayecto. Incluso lo necesario para evitar los mareos y vómitos que me producía viajar.
Los abuelos vivían a doce horas de la ciudad, así que la travesía la realizábamos en autobús desde la tarde-noche, de manera de llegar al pueblo en la madrugada con el cantar de los gallos, pero realmente a la casa grande lo hacíamos una hora y media después, ya que ésta quedaba campo adentro, donde incluso no había alumbrado eléctrico ni tampoco agua potable.
Debíamos realizar una pequeña marcha que implicaba caminar un buen trecho por carretera de tierra, bordeada de recién abiertas flores silvestres de todos los colores, que hacía que el lugar no luciera tan inhóspito, y que muy felices recogíamos para llevarle a la abuela.
Con gran regocijo siempre recordaré la sensación de seguridad, que me proporcionaba el calor y la respiración cercana de mí padre al alzarme en sus brazos para cruzar pequeños riachuelos y quebradas.
Sentía que los latidos de mi corazón se aceleraban a medida que avanzábamos por el serpenteante camino, desde el cual a lo lejos se podía divisar el "Paraíso"... Y es que eso significaba para todos la casa de los abuelos,
¡Un Paraíso, sencillamente la gloria!
Sabíamos que en tan solo unos cuantos minutos seríamos los Reyes de la casa, besados, abrazados y consentidos por los abuelos, quiénes desde muy temprano felices y contentos nos aguardaban a mitad del camino.
La casa grande era bastante modesta, estaba construida de bahareque y barro, el frente era de color blanco pintado con cal, un patio amplio separaba la entrada principal, que daba paso a un gran corredor rodeado de plantas ornamentales, y en dónde sillas, taburetes y hamacas ofrecían descanso al visitante. Al otro extremo quedaba la extensa cocina, al entrar, se encontraba la mesa con sus sillas construidas en madera rústicas, el asiento y espaldar en cuero de vaca. En la esquina de la cimentera, siempre con agua fresca que recolectaban en la quebrada, reposaba el tinajero, así como el pilón, el molino manual, y cercano a la puerta del patio trasero desprendiendo su inconfundible y entrañable olor a leña, se ubicaba el fogón, que siempre estaba encendido cocinando alguna comida para cualquier persona que llegaba con hambre. En las paredes colgaba toda clase de utensilios como ollas, sartenes y cucharones, en un rincón, una alacena en cuya parte superior se guardaban los alimentos secos, como maíz, trigo y centeno, en la parte inferior, los platos de peltre, y en el medio de la misma, pero por la parte externa pendía de un alambre, pocillos y totumas.
Por un largo pasillo se llegaba a las cuatro habitaciones que tenía la casa, eran sumamente espaciosas y cómodas y se comunicaban entre sí por dentro. Contigua a la de los padres, estaban las de los niños, que la abuela con tanto amor esmero y dedicación les acomodaba con sus camitas individuales.
Antes de dormir, disfrutábamos revisando y curioseando los cajones, y sobretodo, subíamos a un sitio que quedaba inmediato al tejado a manera de buhardilla, en donde los abuelos guardaban cosas en desuso, que para nosotros representaban un tesoro con el cual jugábamos a la bodega.
Por la ventana abierta, y cubierta con malla para proteger de los mosquitos, entraba la brisa fresca de la noche que invitaba a un sueño plácido y reparador.
Al despuntar el día, era un hermoso espectáculo poder apreciar los arreboles, ese color entre rojo y naranja que se advierte en el horizonte entre las nubes iluminadas por el naciente sol, también se podía observar las plantas empapadas por el rocío, y el agradable olor a tierra húmeda que impregna los sentidos quedándose grabado como un tatuaje en el recuerdo.
Con nuestra llegada, todo giraba en torno nuestro, la comida, los dulces, las frutas. Incluso los regalos más simpáticos, como la vez que los vecinos nos obsequiaron unos tiernos y amarillitos pollitos y que bautizamos a cada uno con nuestros propios nombres, o en aquella oportunidad que nos obsequiaron la imagen de la Virgen María tallada en madera, pero de tamaño natural, obviamente hubo que dejarla en casa de los abuelos.
Reinaba la algarabía en la casa grande que se vestía de gala, flores y música, todos disfrutaban en una desbordante y contagiosa alegría.
A media mañana, después de compartir tiempo con todos los que iban llegando a saludarnos, y luego que cada quien se marchara, no sin antes ser invitado para la gran celebración en la tarde, es cuando comenzaban formalmente la vacaciones en la estancia.
Lo primero que hacíamos, era reunirnos con los amiguitos, los hijos de los vecinos, e inmediatamente ir al río a darnos el primer chapuzón. Allí pasábamos casi todo el día, se nos olvidaba todo, y si no fuese porque nos mandaban a buscar para comer, pues no lo haríamos.
Los días posteriores lo pasábamos de un sitio a otro, muchas veces bien temprano íbamos con el abuelo a diferentes sitios monte adentro a ver las cosechas, y ayudarle a recolectar la que ya estaban listas. Así que entre las siembras de maíz, bananos, chirimoyas, calabaza, tomate, cebolla, aguacate y café, se nos iba la mañana.
Otra cosa que nos gustaba hacer, era subir a la parte trasera de la casa en dónde habían siembras de lechosa, naranjas, mandarinas, lima, guanábana, y sobre todo disfrutábamos agarrar de la mata con nuestras pequeñas manitas los tomaticos de árbol, que ávidamente comíamos, deleitándonos con su rico sabor.
También nos gustaba participar en las fiestas patronales a que hubiera lugar en el pueblo, jugabamos de todo.
Particularmente nos encantaba subir a la colina junto con los otros niños y acostándonos en forma horizontal, y desde lo alto rodabamos ladera abajo por la tupida vegetación que parecía una alfombra, por lo que no representaba ningún peligro, por el contrario lo disfrutábamos tanto, que nuestras risas de felicidad contagiaban a más de uno que pasara por allí, y se detenían por un momento a contemplar la escena.
Nos encantaba mucho el contacto con la naturaleza y aprendimos a querer y a valorar a los animales, tanto así, que ni siquiera nos gustaba esa malsana costumbre de zoquetes de mantener pajaritos enjaulados, era como decía la abuela, ¿Porque tenerlos prisioneros en una jaula?
¡Si nacieron con alas es para volar!
Y ejemplos como ese, de valorar a los animalitos del campo no los dieron nuestros abuelos. Por supuesto había otro tipo de animales que eran criados para el consumo humano, pero aún asi se aprendían a querer. Aunque suene paradójico era totalmente cierto.
Bueno, y así pasaba el tiempo, pronto se acabarían las vacaciones, y había que emprender el regreso a la ciudad.
La verdad que nos entristecía un poco, pero sabíamos que el próximo año volveríamos nuevamente. Y eso nos reconfortaba y nos animaba a desear que el tiempo transcurriera rápido para regresar a disfrutar de la casa grande y de nuestros amados abuelos.