¡Hola soy Gloria! — Tengo cuarenta años. Hoy he despertado con la sensación de haber vivido, aunque no sé, si lo soñé, situaciones de mi hermosa infancia que ha sido definitivamente la mejor etapa de mi vida.
Bueno, aunque debería ser así para la mayoría de las personas. Ya que son esos momentos de nuestra niñez en que todo es tan bello, tan sencillo, tan hermoso y mágico, sin problemas, Es que precisamente es esa inocencia que nos hace percibir una visión del mundo totalmente diferente a como realmente es.
Nací y me crié en la costa, junto a mis padres, hermanos, tíos, tías... ¡Vamos! toda la familia. Pero lo más que había era niños y niñas. Cuando no teníamos escuela, o estábamos de vacaciones, pasábamos todo el día en la playa, nadando, jugando pelota, o inventabamos juegos. Otros niños más grandes intentaban pescar
Recuerdo a mis vecinos que para ese momento tendrían entre diez y doce años, que mientras su madre trabajaba, ellos pasaban el día jugando con sus bicicletas, y desde lo alto hasta el final de la calle dónde vivíamos se lanzaban para luego caer en el mar. En eso pasaban todo el día. Cuando su madre llegaba del trabajo, los encontraba en la placita, y era tanta la desobediencia por parte de los chiquillos, que la señora Flor tuvo que tomar la medida de esconder toda la ropa para que no tuvieran con que vestirse, y así no salirse. Lo gracioso, es que ellos, en su afán de escaparse y no tener que hacerlo desnudos, se robaban del tendedero de la vecina la ropa, que casi siempre resultaba ser de sus niñas, ya que ella tenía dos casi de la misma edad de ellos. Así que andaban vestidos de niña. Incluso nadaban con las pantys de repollito o encaje, siendo el hazme reír de todos. Pero eso no les importaba, con tal de jugar hacían cualquier cosa, y así poder pasar todo el día en la calle, felices y contentos.
Eso realmente era bien divertido.
Aunque sabían que cuando su mamita llegara y se enterará de lo que hacían, serían castigados. Pero a los dos no les importaba nada.
Pero, entre tantos recuerdos que tengo, no podré olvidar el día que cumplí cinco años, en mi mente me puedo ver rodeada por mis padres y hermanos, y claramente un pastel rosado adornado por todo su alrededor con pepitas dulces plateadas. Y luego a todos cantando el cumpleaños feliz. De aquel pastel que se veía tan rico, no recuerdo si lo probé, me imagino que si. Sé que mi vestido era color rosado al igual que mis zapatos de charol, que por cierto esa misma tarde por estar trepando entre unas rocas, los dañé en la punta, y lloré desconsoladamente.
Los recuerdos nos marcan con un sello indeleble, ya que el ser humano tiene la capacidad de querer guardar los mejores y después evocarlos para beneplácito del alma y del espíritu. Y así entender, que es nuestra infancia un eslabón sumamente determinante en la cadena de la vida, forjando desde ya parte de lo que será nuestro futuro.