Martín era un hombre de 32 años. Era muy inteligente, resuelto y enormemente capaz. Sumado a ésto, sus conocimientos académicos y su variada experiencia, lo habían llevado a escalar rápidamente en el ámbito laboral, donde se desempeñaba en un alto cargo. Se hizo de una casa amplia y bonita, y disfrutaba su pasar, aunque era algo solitario.
Su trabajo comenzaba a las ocho de la mañana y terminaba a las cuatro de la tarde. La zona céntrica en la que laboraba era agobiante, tanto en el horario de entrada, como de salida.
Le gustaba su trabajo, pero le hacía falta desconectar después de realizar sus tareas para desenredar su mente y relajar su cuerpo.
Los viernes, al volver de la faena, entraba a su hogar deseoso de realizar su paseo semanal.
Se quitaba la camisa, los pantalones pinzados y los zapatos y se vestía cómodo. Una remera, unos shorts largos y zapatillas deportivas.
La gorra con visera no podía faltar. Fuera cual fuera el clima. En este caso era verano, así que era necesaria y por supuesto le sentaba muy bien, pues también era guapo, añadiendo esto, a todos las cualidades ya comentadas.
Una vez listo, tomaba las llaves del garaje y montaba su fiel corcel metálico, rodando hasta encontrar el paraje deseado.
Solo llevaba su teléfono celular para reproducir música, mientras recorría las calles de su barrio, alejándose de los grandes edificios y comercios.
Era tan satisfactoria la sensación de libertad y serenidad que le producía andar en bicicleta, que en esos momentos olvidaba todas las preocupaciones que la cotidianidad lo obligaba a replantear el resto de la semana.
Una vez que subía a su compañera de opaca negrura, todo quedaba atrás y le daba vuelta a la página para disfrutar del viento en la cara, el calor del sol y la adrenalina que le brindaba el pedaleo...
Ésta vez, había elegido un parque verde, sin plaza de juegos ni bancas. Un parque que le gustaba visitar desde la primavera anterior al verano en curso.
Puso a reproducir en sus auriculares bluetooth su lista de canciones predilectas y comenzó el circuito de pedaleo.
Después de completar varias vueltas, notó que alguien permanecía detenido a un costado del camino. Su curiosidad fue más fuerte que el deseo de seguir pedaleando, así que decidió apagar y guardar sus auriculares y frenar su paseo para ver de que se trataba.
Un muchacho bastante joven y ofuscado, intentaba descifrar cómo colocar la cadena de su bici nuevamente en su lugar.
Martín bajó de su negro corcel, dejándolo a un lado y se acercó al muchacho. Pozó con sutileza la mano izquierda en el hombro derecho de éste, diciendo que era común que sucedieran cosas así y que lo ayudaría.
Colocó la bici con las ruedas hacia arriba, apoyándola en el césped sobre el propio manubrio y el asiento. Aferró la cadena con su mano derecha y jaló de ella, desde el plato hasta el piñón fijo. Con su mano izquierda hizo girar el pedal en reversa y... voilà, logró recolocar la cadena en su sitio original.
Hizo un gesto abriendo ambas manos mostrándo su hazaña y dijo: - ¡Listo! Ahora que viste como se hace, podrás hacerlo, si vuelve a suceder.- levantó su vicera y esbozó una sonrisa labial a ese ser que buscaba verlo a los ojos, unos cuantos centímetros más abajo de su línea de visión.
Como si de algo completamente normal se tratara, unos labios escarlata, abismaron sobre los suyos.
Abrió sus ojos con asombro e inhaló corto y rápidamente.
Una avalancha de sensaciones azoró por completo su ser.
Los vellos de sus brazos se erizaron, los músculos de sus piernas se tensaron cual hierro, sus pies se clavaron al suelo, sus manos se apretaron formando un puño.
Un caudal desenfrenado de sangre corría aparatosamente por sus venas, el frenético repiquetear de la víscera alojada en su pecho lo inquietaba, el fervor brotando de cada uno de los poros que lo constituía lo asfixiaba...
Aún no comprendía porqué esos labios bellamente profusos, que frotaban los suyos, esa cavidad que jadeaba cálida e impregnada, esa lengua irreverente y traviesa que acariciaba y arremolinaba dentro, en medio y en la propia boca, lo sumieron en un infinito océano, del que no podía, ni quería salir.
Cuando su cuerpo dejó la rigidez que mantuvo más tiempo del que creyó posible durara, éste tipo de expresión en un espacio público, se inclinó hacia atrás, emitiendo un leve gemido desgarrado y repleto de melancolía, que lo transportó de inmediato a una absurda oscuridad.
Sin notarlo, había dejado caer sus párpados superiores durante el atemporal ósculo.
Quería desentrañar lo que sus pupilas antes no pudieron descifrar, por ser instintivamente cegadas en aquel encuentro fortuito que llegó a su boca.
Desplegó las pestañas en un santiamén y se miraron a los ojos.
Repentinamente aquel, que hasta ahora no había emitido ruido alguno, se presentaba haciendo sonar su melodiosa voz.
Dijo llamarse Matías, de 23 años, ser ingeniero, tener su propia empresa y vivir solo, frente a ese frondoso parque que eligieron visitar.
Sonrió, exponiendo sus deslumbrantes perlas blancas y agregó que había estado esperándolo todos los viernes desde hacía un mes. Que lo estuvo observando hacía mucho y que removió la cadena de la bici, únicamente, con la intención de llamar su atención.
Metió con parsimonia su mano en el bolsillo del pantalón deportivo, y entre el dedo índice y el dedo corazón extrajo una tarjeta de presentación.
Con sugestiva sensualidad, la besó, la acercó a la cintura de Martín, corrió él ruedo de la remera y la introdujo a medias, entre la piel de su abdomen y la cinturilla de sus shorts largos.
Mientras se ponía de puntillas y aproximaba su rostro, con los labios entreabiertos rosando el lóbulo de su oreja, soltó con desmesurada osadía...
—La dirección de mi casa y la clave de la puerta se encuentran al dorso. Te daré una acogedora ducha... —para luego separarse lentamente y poner sobre ruedas su bici, lanzando un guiño de ojo y emprendiendo camino a su hogar.
Martín abasteció sus pulmones de aire para rápidamente dejarlo ir en un bufido. Tomó la tarjeta con una mano, leyó el frente y la volteó para memorizar el dorso. Giró su cuerpo, e hizo unos pasos hasta su noble corcel. Con la otra mano tomó el manillar de la bici y comenzó a caminar hacia su nuevo destino.
Se vió descubriendo que todo lo que creía saber, conocer y sentir, no podría siquiera asemejarse al tamaño de un átomo, respecto de lo que acababa de vivir.
Eso que creía había sido un arrebato de valentía y coraje, por parte del joven que aparentaba inocencia e ingenuidad, no fue más que una demostración, de todo lo que aún le quedaba por aprender.
Sacudió su cabeza unos segundos y dió salida a una risa atrevida de auténtico placer.
Guardó la tarjeta en su bolsillo, bajó la visera de su gorra y se dijo a sí mismo en voz alta.
—Sip... definitivamente, de aquí en adelante, éste será, mi pasatiempo favorito... —.