Con la vista fija en el humeante café que seguía esperando a ser bebido, y la extraña sensación de sentirse vacía por dentro, Alma da la última calada al cigarrillo que se estaba consumiendo entre sus dedos y luego lo apaga en el pequeño cenicero de metal que está al lado de su taza.
A lo lejos escucha otra vez la voz de su madre llamándola desde la habitación.
- Alma... ¡¿Ya estás fumando otra vez?! Sabés que esa cosa te hace mal.
Inmersa en sus pensamientos, escucha también la llave ingresando en la ranura de la puerta del frente de su casa.
Quien acaba de llegar es su empleada doméstica, Valeria, un poco más temprano de lo habitual.
Despegando la mirada de su taza, levanta su teléfono para ver el tiempo que tiene antes de prepararse para ir a trabajar.
Viendo que todavía le quedan unos minutos, comienza a beber su café, que aun se mantiene caliente.
- Buenos días, Alma. - dice Valeria mientras se saca su abrigo y lo cuelga en el perchero que está detrás de la puerta.
- Hola, Vale. ¿Cómo estás hoy? - pregunta Alma, dando otro sorbo más a su café. - Viniste más temprano, ¿pasó algo?
- No, no. - dice Valeria mientras se le acerca para saludarla con un beso en la mejilla. - Creo que el colectivo pasó antes.
A lo lejos, Alma vuelve a escuchar la voz de su madre.
- Alma. Decile a Valeria que me cambie primero.
Alma hace caso omiso a la petición de su madre y termina su café para luego disponerse a buscar su abrigo y su cartera, antes de salir.
- Empeza por la pieza de mi mamá, por favor. Le hace falta. - dice Alma, ya terminando de abrochar su saco.
- Bueno, dale, Alma. Que tengas un buen día. - dice Valeria, dirigiéndose hacia el pasillo.
Una vez que Valeria se perdió en el fondo del pasillo, Alma salió de la casa y subió a su auto.
Condujo como de costumbre hasta el bar y dejó el auto en el garaje.
La mañana transcurrió con normalidad hasta cerca del mediodía, cuando recibió una llamada en su teléfono.
- Hola, Alma. ¿Te molestaría mucho si te pido que vengas a las 18h en lugar de las 16h como habíamos acordado? Mil disculpas pero, tengo un turno con mi médico y me había olvidado. - dijo Carla del otro lado del teléfono.
- Claro, no hay problema, Carla. Voy a las 18h entonces. - dijo Alma, dejando salir un leve suspiro.
- Genial, entonces nos vemos más tarde. - se despidió Carla.
- Te veo después.
Alma volvió a sus tareas y, una vez que su trabajo estuvo terminado, se dirigió hacia su casa. Al entrar, se sacó de nuevo su abrigo y lo dejó junto con su cartera, colgados en el perchero.
Después fue hasta la cocina y se puso a preparar algo para la cena.
Cuando pasaba por el pasillo de las habitaciones, volvió a escuchar la voz de su madre a lo lejos.
- ¡Alma! ¿Sos vos? ¿Dónde está Kathie? ¿No volvió de la escuela todavía? - la mujer parecía demasiado insistente con sus demandas.
- Mamá, ya basta, por favor. - Alma sentía su pecho arder otra vez, la angustia invadía su corazón y las lágrimas inundaban sus ojos.
- ¡Alma! ¿Dónde estás? - la voz de la anciana hacía temblar el cuerpo de Alma mientras retumbaba en sus oídos.
Sin dar más respuestas a las peticiones de su madre, Alma siguió su camino hasta la cocina, donde empezó a preparar la cena.
Cuando llegó la hora de salir de nuevo, dejó todo listo y se fue, aún escuchando los gritos de su madre desde la lejana habitación del fondo del pasillo.
Después de conducir por unos minutos, llegó a su destino, donde la esperaba Carla.
- Hola, Alma. ¿Cómo estás? ¿Cómo estuviste estos días? - Carla la recibió nuevamente con su característica sonrisa cálida.
- Hola, Carla. No se... La verdad es que no se cómo estoy... - dijo Alma, conteniendo las lágrimas y apretando fuerte su pecho con una de sus manos.
- Bueno. Pasa, hablemos.
Ambas mujeres se acomodaron en los sillones de aquella modesta oficina de estilo moderno y vanguardista, decorada en tonos grises y negros.
- Te escucho, Alma. Contame qué pasó en estos días.
Alma sacó un pañuelo de su cartera y limpió su nariz y sus lágrimas primero antes de comenzar a hablar.
Suspiró pesadamente y comenzó a contarle los detalles que recordaba de cada día de esa semana que había transcurrido desde la última vez que se habían visto.
A medida que el relato avanzaba, Carla iba haciendo algunas anotaciones en su libreta mientras escuchaba atentamente todo lo que le decía su paciente.
- Entonces... ¿Todavía es molesto escuchar su voz cada vez que estás en la casa? - cuestionó la profesional.
- No se por qué... Es como si... No se, la verdad es que ya no se qué pensar de todo esto. - Alma dejó salir otra vez sus lágrimas bajo la mirada atenta de su psicóloga.
- Es un proceso que lleva su tiempo y todos tenemos tiempos distintos para asimilar las cosas. - declaró Carla.
- Ya lo sé. Pero es inquietante y molesto todo esto. - suspiró Alma, deteniéndose a limpiar nuevamente sus lágrimas y su nariz.
- Entiendo perfectamente lo que estás pasando pero, necesitas calmarte y entender vos también que el hecho de que todavía sigas escuchando la voz de tu madre fallecida desde hace ya un año, es algo que a muchas personas les pasa. Lo importante es que estás asistiendo a las sesiones de terapia y poco a poco vas a dejar de pensar en ella. Tu hija merece verte bien. Pensá en ella que todavía es chica. Tu proceso de duelo es justamente eso, un proceso, y lo vas a ir superando de a poco. - dijo la mujer, acercándose a Alma. Luego la abrazó y permanecieron así unos minutos.
La sesión terminó y Alma volvió a su casa donde la esperaba su hija Kathie con la cena ya terminada y lista para ser servida.
- Hola, ma. ¿Cómo te fue con Carla hoy? - dijo la joven, acercándose a saludar a su madre mientras está última colgaba su saco y cartera en el perchero.
- Hola, mi amorcito. Supongo que bien. ¿Cómo te fue a vos en la escuela hoy? - dijo Alma, intentando cambiar el tema de conversación para no volver a sentir esa terrible opresión en su pecho.
- Sabés que a mi no me podés mentir. - bufó la adolescente.
Abrazó con fuerza a su madre, quien al sentir el cálido abrazo de su hija, explotó en llanto. Duraron unos minutos hasta que ambas estuvieron lo suficientemente bien como para soltarse de la otra.
- La abuela ya no está, lo sé pero, yo si. Y te necesito bien, mamá. - dijo suspirando la muchacha. - Vamos a comer, ma.
Al otro día, cuando Alma se levantó y se despidió de Kathie, quien ya salía para ir a la escuela, algo se sentía diferente.
A partir de ese día, la voz incesante de su madre ya no se escuchaba. El duelo había terminado. Con esas últimas lágrimas y ese cálido abrazo entre madre e hija, el dolor comenzaba a irse de a poco.
El recuerdo permanece eternamente pero el dolor va desapareciendo y ya no tiembla tanto el alma cuando reaparecen en la mente las vivencias pasadas.
Los que ya no están presentes siguen viviendo en nuestros corazones y nos acompañan mientras los tengamos en mente.