Cada día que pasaba era más difícil encontrar una excusa para verlo...
Ir de compras por víveres se había vuelto mi obsesión, una prioridad, aunque éstos fueran indispensables para subsistir...
Poder sentir el roce de sus dedos aunque sea cuando me daba el vuelto.
Escuchar su voz al decirme el monto total de mi compra.
Ver sus ojos y gestos al encontrarnos de frente. Percibir el aroma a cítricos de su cabello, cuando movía su cabeza para retirar el fleco de su frente.
Pero no siempre podía disfrutar de su presencia, por supuesto. Al ser de carne y hueso, ese maravilloso ser humano debía descansar algún día...
Era miércoles, cerca del mediodía y fuera de la tienda corría una leve brisa.
Algunos vecinos caminaban por los alrededores haciendo sus compras, paseando, o mirando vidrieras de camino a sus casas o trabajos.
Yo; para variar, me escondía detrás de algún auto estacionado en la vereda contraria o me mimetizaba cual camaleón con algún árbol, suspirando y pispeando para encontrarme con su presencia.
Después de unos cuantos minutos me fuí acercando al local para corroborar que estuviera allí.
Y...
No...
No estaba...
¿Acaso enfermó, tomó un día libre? ¿Quizá estaba haciendo una entrega? ¿Tal vez estaría almorzando? ¿Me habré equivocado con sus días de franco?.
Formulaba miles de preguntas en mi mente mientras seguía buscándolo entre las góndolas bajas, con la cara prácticamente pegada al paño fijo de vidrio.
Él estaba agachado en el interior del local, levantándo algunas hojas que la brisa había dejado colarse por la puerta cada vez que alguien entraba o salía.
Se puso de pié frente a mí, esbozó una sonrisa y levantó su mano en forma de saludo.
Me pregunté si de verdad estaba sucediendo...
Esto era algo que anhelaba, algo... personal.
Él me estaba mirando...
Me veía a mí...
Sólo a mí...
No parecía un gesto de cortesía para un cliente o un saludo programado y calculado. Realmente me miraba y me veía a mí, un simple muchacho buscándolo detrás de ese paño vidriado.
De repente, sudor frío corrió por mi espalda y un fuerte carmesí inundó mis cachetes.
Como pude giré dándole la espalda y cubrí mi cara rogando que algún dios se apiadara y me hiciera invisible.
Mis pies parecían clavados al suelo y en cuanto quise dar un paso, trastabillé, y con toda la fiereza del mundo, terminé con la cara pegada a las viejas baldosas de la vereda.
Las campanillas de la puerta de la tienda sonaron estrepitosamente y para cuando pude despegar mi sonrojada cara del suelo, él estaba ahí, parado a mi lado...
Se puso en cuclillas y colocó una mano en mi antebrazo izquierdo jalando con suavidad mientras me miraba y nos elevaba para ponernos de pié.
No había posibilidad de que algún sonido saliera de mi boca.
No,definitivamente, había enmudecido...
Me miró fijo y me preguntó en tono bajito, pero aún audible, si me encontraba bien y si me había lastimado en algún otro lugar.
Fue entonces cuando comprendí que tenía una herida a la vista.
Volví mis ojos hacia el vidrio y en el reflejo pude ver mi pómulo lacerado.
¡Maldita suerte la mía!.
Había pasado de ser un cliente más, a ser el muchacho notado.
Y luego, un niño avergonzado, para rematar finalmente con la torpeza que me caracteriza, convirtiéndome en el pelmazo accidentado, que repentinamente, dejó su pómulo calcado en aquellas viejas baldosas, y había perdido el habla.
Todo ésto pasaba por mi mente mientras él sacudía mi ropa para sacar el polvo tras mi aventurada caída y tomaba mi mano para emprender camino hasta el interior de la tienda.
Aún así, quise sonreír para no asustarlo, pero no funcionó muy bien, ya que el dolor que sentí transformó mi intento de sonrisa en un gesto de profunda agonía, que se repitió en el rostro de aquel muchacho que tanto amaba observar.
Pasamos detrás del mostrador y pidió que me sentara en un puf que escondía bajo unos canastos plásticos llenos de productos para reposición, que quitó rapidamente.
Tomó de la estantería de fondo una valija de primeros auxilios y la abrió. Se puso de rodillas y recogió de la nombrada un frasco de agua oxigenada y unas gasas.
Empapó las gasas y mientras decía que era muy probable que eso doliera, comenzó a acercar su mano a mi rostro.
Cuando ví venir hacia mi esa mano, cerré los ojos apretando mis pestañas y contuve la respiración para no despotricar un infinito de desagradables palabrotas en su cara.
Pero no sentí nada...
Despacio abrí mis ojos con timidez y solté el aire contenido lentamente.
Cuando quise entender que pasaba, ya era tarde...
Si, era tarde porque ese chico...
Ese chico, había pegado sus labios a los míos.
En un veloz arrebato cerré nuevamente mis ojos.
Invadían ahora mis fosas nasales, un rico aroma a café que brotaba de su aliento y un claro sabor a caramelo que dejaba flotando en mis labios humedecidos y aprisionados por los suyos.
Di permiso a su lengua para adentrarse en mi boca y le hice compañía con la mía, llenando así de loca algarabía y súbito calor, ese lugar incorpóreo llamado alma...
En ese momento no quería pensar, sólo quería sentir...
Y... ¡Vaya que sí sentía!
Sentía mis pulmones hacer un esfuerzo incalculable tratando de cumplir su función.
Mi corazón repiqueteaba tan rápido y fuerte que no permitía oír absolutamente nada.
El resto de mi cuerpo se aflojó completamente, parecía que iba a perder forma en cualquier momento.
Ese beso fue delicioso... Tan endemoniadamente sabroso y sensual, que creí que estaba soñando...
Cuando abrí nuevamente los ojos, sus dedos estaban deslizándose por el borde del apósito adhesivo, fijándolo así a los alrededores de mi pómulo.
Acercó su boca a mi oreja y dijo: —Espero pronto poder cambiar ese apósito —dejando un cálido suspiro al final de sus palabras, acompañado de una apenas perseptible elevación de la comisura de su boca, que le fue inevitable descubrir a mis ojos, posados fielmente en ese fabuloso rostro...
¡Bendita galaxia!
Si fue sólo un sueño... ¡No quiero despertar jamás!.