Raro, me sentía raro hacía un tiempo, hacía dos meses, exactamente el tiempo que llevaba Cristian en el colegio. Lo veía cruzar de un lado al otro en el patio todos los recreos, jugando al fútbol con una pequeña pelota. Siempre lo veía de lejos, prefería no acercarme demasiado, la única vez que lo había hecho, había dicho un manantial de idioteces. Desde entonces, decidí que no le hablaría. Solté un suspiro desviando la mirada hacia Tomás, estaba jugando con su celular como siempre. De repente me preguntó si estaríamos ahí mucho tiempo, que estaba incómodo y que el sol le molestaba, no quise decirle que no quería irme para mirar a Cristian; él era mi mejor amigo desde que estábamos en jardín de niños, pero no podía decirle aún. Resignado, me levanté del banco dónde estábamos y lo acompañé al aula, donde nos sentamos en nuestros respectivos lugares a esperar a que terminase el recreo. Mientras mi amigo me comentaba cosas de su juego, me entretuve haciendo garabatos en la esquina de una hoja de mi cuaderno. Cuando el timbre sonó, el resto de mis compañeros entraron. Cristian se sentó frente a nosotros, miré su espalda percatándome de su respiración agitada y su cabello revuelto. Cuando se volvió a mi amigo, noté sus mejillas sonrojadas por el calor y las pequeñas gotas de sudor que resbalaban por su frente, le preguntó algo a Tomás que ignoré por completo, podría estarle diciendo lo que fuera, pero no me importaba.
Mientras guardaba mis cosas luego de que sonara el timbre de salida, Cristian me llamó, sentí mi corazón dar un salto. Lo miré intentando no soltar ninguna estupidez hasta que me dijera lo que quería. Él habló con cierta vergüenza que lo hacía ver aún más lindo. Me pidió que lo ayudara con matemáticas, seguramente Tomás le había dicho que, desde siempre, había ayudado a todos en aquella materia. Acepté de inmediato sin pensar que tendría que pasar tiempo con él para explicarle. Estaba a punto de arrepentirme, pero en ese momento, Cristian me pidió que fuera a su casa hoy, que quería empezar con las pequeñas clases particulares. No tuve más que volver a aceptar e ir con él.
Las semanas siguieron pasando, la sensación en el estómago cuando lo veía se hacía cada vez más fuerte. Al menos, el miedo que tenía a hablarle había desaparecido gracias al tiempo que compartíamos juntos. Había pasado casi un mes cuando decidí hablar con Tomás sobre aquella sensación extraña mientras veíamos una de sus películas de súper héroes. Normalmente no me prestaba demasiada atención cuando las veía, pero esta vez se giró hacia mí con una mirada que vacilaba entre la sorpresa y la burla. Sabía que quería reírse de mí, pero, luego de disimular una pequeña risa, me dijo que, indudablemente, Cristian me gustaba. Durante días me dio vuelta aquello por la cabeza, haciendo que me alejase un poco de él.
Un día, cuando regresé al aula de la biblioteca, Tomás me extendió un pequeño papel doblado a la mitad diciéndome que era de Cristian. Mi corazón se aceleró de repente; seguramente ya no quería hablarme. Tomé el papel y, con nerviosismo, lo desdoblé, tenía una sola oración escrita con caligrafía un poco descuidada:
"Te veré luego de la escuela."
Tomás intentó bromear, pero lo hice callar al instante. Volví a doblar el papel con manos temblorosas. Lo que quedaba hasta la hora de salida, me dediqué a pensar en lo que haría. ¿Debía ir con él? Tal vez Tomás le había dicho algo y quería pegarme, sabía que eso podía pasar, lo había visto en internet. Pero ¿y si no era así? ¿Y si quería decirme algo? Quería preguntarle a mi amigo, pero sabía que me obligaría a ir a verlo.
Apenas sonó el timbre de salida, vi a Cristian guardar sus cosas y salir del aula rápidamente. Desvié la mirada a Tomás, él solamente se encogió de hombros haciendo una seña para que me apurara. Cuando salí, sentí mi celular vibrar, lo saqué rápidamente, tenía un mensaje de Cristian indicándome que fuera a la galería que se encontraba en la esquina, a unos pocos metros de la escuela. Respiré profundo llenándome de valor, normalmente no pasaba mucha gente por ahí, si quería darme una paliza, era el lugar indicado. Guardé mi celular y me dirigí a la galería, él estaba parado contra la pared al final del pasaje. Me acerqué a él tímida y temerosamente. Por su parte, Cristian solo exhibió una pequeña sonrisa en lo que caminaba hacia él. Una vez que estuvimos cara a cara, me preguntó por qué había estado evitándolo, no quería decirle, por lo que me quedé en completo silencio, lo que hizo que él reiterara su pregunta un par de veces. Volví a armarme de valor y, como si no fuese mi propia voz, me escuché decirle un "me gustas", consiguiendo que mi rostro hirviera de la vergüenza. Nos sumergimos en un silencio incómodo que no pude resistir más que unos segundos que parecieron eternos, me giré para huir de aquello, pero antes de que pudiera dar un paso, sentí su mano tomar mi muñeca, hizo que me girase y, sin que supiera cómo había sucedido, estaba besándome. Sentí su respiración chocar contra mi mejilla. Mi corazón golpeteaba tan fuerte que temía que pudiese salírseme del pecho; no era para nada lo que había imaginado que podría pasar, pero fue suficiente para que aquella sensación rara en el estómago cobrara sentido y, definitivamente, no había nada que pudiera hacerme más feliz.