Para una navidad, pedí de regalo una muñeca pequeñita, que venía dentro de un estuche ovalado transparente con una cadena en bisutería dorada, ya que era para ser usada colgada al cuello. La verdad que era una mónada, y era, lo que para esas fechas estaba de moda, o por lo menos, lo que la constante publicidad en la tele, le hacía creer a las niñas, y asi desear tenerla para esas fechas tan importantes.
Emocionada hice la carta al niño Jesús, y le rogaba que por favor, aunque fuese está vez se acordará de mi y me trajese el único regalo que le pedía en ésta ocasión, que yo realmente lo esperaba con muchísima ilusión.
El 24 de diciembre, estrenamos ropita y zapatos para celebrar desde temprano la llegada del niño Dios, y por supuesto compartiendo y disfrutando con amigos y familiares la cena navideña.
Al llegar las doce, le dábamos la bienvenida a la navidad y a nuestro niño lindo adorado, cantando canciones alusivas al momento. Luego, el mejor momento para los pequeñitos, que no era otro que abrir los obsequios.
Cuándo abrí mi regalo...¡Oh qué desilusión! no era lo que había pedido, aunque muy bonito, pero no quería ese.
¡Sólo quería lo que pedí!
Con profunda tristeza, corrí hasta el patio de la casa y me eché a llorar y a llorar sin parar.
¡Que decepción!
Me sentí engañada. Y en la plena inocencia que me daban mis siete añitos, decidí que nunca más le escribiría para pedirle nada.
Pasaron unos años, obviamente ya era una adolescente, por supuesto sabía que no existe Santa Claus, niño Jesús, ni nada por el estilo, que solo es una tradición que algunos padres, dependiendo su religión, le mantienen a sus hijos.
También entendí, que nunca nos llegaron los regalos que pedíamos, ya que éramos tan pobres que lo poco que nos llegaba, era lo que nuestros padres, muy a su pesar, podían comprar.
Sin embargo para mí fue como un trauma el hecho de no recibir lo que con tanto anhelo esperaba, y lo peor, y hasta me avergüenza reconocerlo, pero en verdad, me marcó.
Y aunque parezca muy infantil de mi parte, ya de adulta, llegué a ir a las jugueterías o a las exposiciones de juguetes a ver si la veía, o por lo menos una parecida y así de alguna manera tenerla, pero que va, nada que ver.
Mi muñequita lucky lucky, que así se llamaba, solo ha quedado colgada a mi recuerdo y a mi corazón.