Y te miro con desespero, te grito llena de agonía, te ruego por piedad, pero tu, sordo y ciego, el Asesino de Corazones, me apuñalas una vez más, con ese odioso cuchillo de realidad, esa maldita realidad de la que no pudimos escapar, una y otra vez, haciéndola cada vez más presente, inolvidable. Cortando y desgarrando, desgarrando y cortando, enterrándose en lo profundo de mi roja carne, en lo hondo de mi pecho, desgarrando, destruyendo ese dulce y tibio corazón, que un día con tanto amor te dije que era tuyo, que te dedique, y lo partes, lo rompes, como un juguete que ya no quieres más, en mil y un pedazos, imposibles de unir, imposibles de latir por si mismos, separados en un pecho despedazado y herido ya ausente de tibieza. Más y más dolor, a la vez que sigues cortando y desgarrándome, enterrando ese filoso cuchillo en mi pecho, sin mirarme a los ojos ¿Hacía falta tanta crueldad? Sin escuchar mi voz, sin que la palabra piedad te haga reaccionar, tu mirada nublada, tus oídos sangrantes, y el incesante palpitar de tu corazón haciendo eco en cada una de tus acciones. Entonces, quitas ese cuchillo de realidad de mi pecho por fin, el breve alivio ante esta acción, desaparece inmediatamente, torrentes de dolor y mi cuerpo contrayéndose de sufrimiento, rota y sangrante, me hago un ovillo sobre mi misma, abrazándome, como una niña ocultándome de los monstruos de la habitación, tratando de encontrar el más mínimo consuelo, mientras tu retrocedes un par de pasos, imponiendo distancia entre los dos, tan profunda como un abismo, tan negro como una noche sin estrellas, que al parecer, siempre estuvo ahí. Te despides, me miras a los ojos, por primera vez en mucho tiempo, estas triste, roto y dolido ¿Enserio, Drake? Que irónico, demasiado irónico, lloras en silencio, mientras las lágrimas recorren tus mejillas, hasta caer en forma de cenizas, y me dedicas una sonrisa triste, a la vez que te alejas aún más, pero tu corazón, ya no late, no se escucha, otro caído, y la grieta se agranda cada vez más, hasta que ya no te veo a la lejanía, solo oscuridad. Y ahí me quedo yo, una chica rota, en medio de un solitario y frío jardín de recuerdos, con flores muertas y pasto crecido, un cementerio, las manos extendidas hacía la dirección en la que te fuiste, con el pecho abierto en dos, sin sangre, sin un corazón capas de volver a latir, porque él se llevó los últimos latidos de este, lágrimas que ya no quieren caer, y un eterno dolor, que no desea abandonarme, jamás. Un pensamiento aflora mi mente, en estos momentos de sufrimiento y amargura, lleno de una alarmante razón ¿Cómo puede doler tanto, algo que no sangra?