--Entre lágrimas se pierde
Al mar cae y parte suya se vuelve
Tu trágica sangre
Maldito amante, maldito camino
Errado camino tomaste
Arrepentido jamás, hasta que llegaste
Espero que en paz descanses
Dormido, sobre césped frío
Bajo manta de flores
Alumbrado por tu Luna Menguante
Ojalá no te duela, aquella pena
Que tu corazón no arda
Ni que tu sangre hierva
Solo duerme, joven e inocente amante
Maldito amante, que camino errado tomaste
Arrepentido jamás, hasta que llegaste
Mi garganta, sin versos dejaste
Sin miente ni corazón
Solo un sueño inocente, y una pena eterna
Sobre fresco césped y bajo manta de flores
A la luz de mi Luna Menguante
Este maldito amante yace
Esperando redención
Casi no le importó, que su amante pronunciara aquellas palabras que no eran suyas, con un sentimiento falso y vacío, fingiendo que esta obra era suya. El sabía la verdad, por una vez en su miserable existencia, la sabía y no podía estar más dolido.
Corrió escaleras arriba, siendo perseguido por el engaño en persona, que gritaba desesperado su nombre, en busca de su verdadero amante, aquel que lo amó más que cualquiera, él que siempre tuvo esperanza a pesar de todo.
Abrió la puerta de la azotea, con tanta fuerza que casi la desencaja de la pared.
--No… --fue lo único que salió de sus labios, al ver tal escena frente a sus ojos--. No puede ser…
Se sentía más que un idiota, más que un tremendo imbécil, que un estúpido, y no, no corresponderle.
Corrió hacía él, y con una dulzura y delicadeza poco vista, lo acunó contra su pecho, mientras lágrimas caían de sus ojos como cascadas eternas.
Era más que tarde, más que demasiado.
Tendido sobre el césped frío, completamente natural, rodeado de enredaderas y flores enanas, las ramas de los árboles inclinados en su dirección, todos observando en silencio, mientras eran alumbrados, por un cielo sin estrellas, un lienzo amargamente negro, mientras la Luna, casi sin explicación, colgaba como un dije de plata en este triste cuadro, menguante y alumbrante, el arma mortal señalaba, en el pecho de hermoso y simple joven.
Su cabello rubio rizado con encanto, caía sobre uno de sus costados, sus mejillas, antes sonrojadas, eran de un blanco alarmante, al igual que sus labios de capullo de rosa, ya marchitos, una sonrisa bailaba, mientras su cuerpo, con los brazos extendidos hacía el cielo, como si fuera a darle un abrazo a este, sus pies descalzos sin cosquillas, su pecho callado, respiración silenciada.
--¡No! --gritó, al sentir su alma desgarrada, su pecho apretado y su respiración faltante--. ¡No me hagas esto!
Su peor error, yacía frente a sus ojos, temiendo salir lastimado, se negó a recibir el sincero y dulce afecto de este joven, un joven al que amaba más que a nada en el mundo. Ignorando su presencia, a la vez que lo privaba de todo, le quitaba todo, era seco y cortante, triste y amargo, a pesar de todo lo que este le daba a pesar de todo, porque él, él tenía demasiado corazón, demasiada inocencia en su alma, demasiadas cosas buenas que este triste hombre creía no poder darle.
Recogió un amante de la calle, lo vistió bien y le dio buena comida, fingió demencia y le declaró un vacío amor eterno, hacía un falsete estafador de primeras, mientras su verdadero amor moría día tras día al amarlo demasiado.
--Maldito amante, yo te volví
Que mi sangre y lágrimas
El precio paguen
Para que en paz descanses
Sobre pasto frío
Bajo manto de flores
A la luz de tu Luna Menguante
Trágico amante
Mi querido amante
Tu redención seré
De tanto amarte
Y por primera vez se dignó a abrazarle, dejando el arma perforar su pecho, el rosal que ellos mismos plantaron, mientras el amante falsete gritaba. Pero ya no importaba.
--¡Mamá! ¡Ahí está el canto otra vez!
--Sobre césped frío, con sangre caliente
Bajo manto de flores, fríamente alegres
A la luz de Nuestra Luna Menguante
Víctimas de Nuestro Querer
Descansamos Nosotros
Trágicos amantes
Malditos amantes somos