Era hora de la despedida, esa tan deseada por algunos y tan odiada por otros.
El fin de su sufrimiento, pero el comienzo del nuestro.
La pareja, la pelirroja, dulce y buena, y el pelinegro, frío y guapo, el romance más cliché de esta historia, la Salvadora de este mundo y su amado Guardián, que la trajo y cuida de ella día tras día.
Abrazados, tan fuerte que no se distinguía uno de otro, con lágrimas en los ojos y lamentos saliendo de sus bocas sin final.
Yo, la mejor amiga de él, no era más que un extra lamentable de este cuento. La mejor amiga que siempre lo apoyó y acompañó en cada decisión y aventura ¡Incluso antes que ella llegara! La que siempre lo amó, y siempre lo calló, quedándose en una esquina oscura de la historia.
Decir que su muerte no me dolía, era una vil mentira que ni mi más radiante sonrisa podría ocultar. Ninguna magia sería capaz de curarle, eso creían ellos.
Los rotos enamorados, la cliché pareja se separó, y extendí mi mano hacía él.
- ¿Último paseo?
Mi voz sonó suave y tranquila, ni sabía como fue posible, destrozada por dentro como estaba.
Su pálida y esquelética mano se entrelazó con la mía, y ambos caminamos hacía el interior del bosque. Pasos lentos y palabras sueltas, él apoyándose en mí.
- ¿Cómo estás con ella?
- Estábamos bien
Silencio otra vez, no incómodo, nunca lo era.
El lago se reflejó en nuestra vista, hermoso y cristalino, pero semigris.
- Parece triste, no sé por qué
Sonreí melancólica, sin mirarlo, no quería que ese fuera mi último recuerdo de él.
- Ya es hora de volver, Mía
Su mano tironeó sin fuerza de mí, esta temblaba.
- Aún no
- Tengo que volver, Mía, quiero estar con ella
Mi alma estaba rota de por sí, sus palabras fueron como si pisotearan los pedazos.
El atardecer comenzó, y voltee hacía su dirección. Cansado y destrozado, escuálido y pálido, la maldición que lo devoraba desde dentro, sus ojos azules sin brillo habían quedado.
Le di mi mejor sonrisa, la que era suya y solo suya, y hablé.
- No me olvides ¿Si?
Y besé su mejilla, con todo el cariño y amor que le tenía, dejando que la maldición, saltara a mi cuerpo de inmediato.
- ¡Mía!
Mi cuerpo entero se relajó, y mi mente se calmó, por primera vez en mucho tiempo. Estaba en paz, porque volvería casa.
- ¡Mía! ¡Mía!
Empecé a desvanecerme.
Para él, yo moriría, dejaría de existir, y él viviría la vida que tanto añoró con Amalia, sin Guerra ni muerte por doquier.
Y yo, yo volvería a mi casa, mi viejo hogar, borrando todos mis recuerdos en este mundo, ya que nada me ataba a este lugar, sin recordarlo, sin amarlo.
Muerta ellos me creerían, y nunca me buscarían, yo viviría una vida normal sin extrañarlos, un intercambio justo.
- Te amo- escapó entre mis labios, tan bajo que hasta dude que el me escucharía
Entre pétalos de rosa, mirando esos ojos azules, tan hermosos y ya vivos, aunque destrozados, en paz me marché.