–Vaya, vaya ¿A quién tenemos aquí? –dijo una voz, rasposa y gastada a sus espaldas–. ¿Es el Gran Demonio Celeste?
El “joven” hombre, volteó bruscamente, con sus garras brillando a la luz de la Luna Llena. Detrás suyo, había un anciano, con expresión calma y sonriente en su rostro arrugado, casi elegante, con su camisa y sus pantalones de vestir bien planchado, zapatos lustrados y un bastón de madera oscura, con pequeñas piedras verdes incrustadas.
–Tranquilo, viejo demonio –habló otra vez el anciano, con los ojos aún cerrados por su sonrisa–. No tengo malas intenciones, solo vengo a darte un mensaje –el viejo se sentó en uno de los bancos de piedra– Más bien, en consejo de un antiguo amigo.
Y abrió sus ojos, mostrando un profundo y brillante verde, similares a un par de esmeraldas talladas.
El hombre “más” joven guardó sus garras, más que sorprendido.
–¿Adam? –preguntó él, bastante confundido ¿Cómo era esto posible?
–No exactamente –volvió a sonreír el viejo–. Mi bisabuelo murió hace muchos años ya, Marcus.
Marcus se sintió triste ¿Cómo no? Su mejor amigo ya había muerto, y también algo nostálgico, su tiempo no era el mismo que el de ellos, a pesar que los brujos vivían considerablemente más que los humanos.
–¿Cómo sabes de mí? –preguntó Marcus, sentándose a su lado, en el banco de piedra, bajo la Sagrada Luz de Luna.
–A mi bisabuelo le gustaba contar historias –contestó, con tono nostálgico, pero no triste–. Y cada chisme y secreto suyo y de ustedes.
El joven soltó una carcajada.
–No me extraña –miró al cielo estrellado–. Que no le quépa duda que yo hice lo mismo.
–También me dijo –dijo, un poco más serio–. Que cuando te cruzaramos, nosotros o nuestros hijos, seguramente tendrías problemas.
–Ese viejo –volvió a reír Marcus, aunque más tenso–. Creí que sus brujerías habían quedado en el pasado.
–Me lo dijo cuando era un crío –frotó su nuca, con una mueca pensativa–. Algo sobre problemas de corazón y una chica de ojos negros.
Marcus se quedó en silencio.
–Ya que nuestros caminos se cruzaron –habló el viejo–. Nada me cuesta darte una mano ¡Después de todo! ¡Soy Adam Cuarto!
El joven soltó una risilla, y vaya que lo era, no sólo el parecido físico, la personalidad era bastante similar.
–¿De verdad quieres escucharme? –preguntó Marcus, un poco burlón– ¿O ese viejo brujo te hizo jurarlo En Nombre de la Luna?
–¡Lo primero sí! Y lo segundo… –volvió su mueca pensativa, bastante graciosa–. Ya no me acuerdo.
Ambos rieron, pero el semblante de Marcus volvió a ser triste y amargo.
–Dime todo, muchacho –insistió el viejo.
–Soy mayor que tú –lo hizo reír el “joven”.
–Pero yo conozco más la vida, estoy llegando al final de esta –señaló Adam con tranquilidad, y sin nada de malicia–. Tú aún no llegas ni a la mitad.
Dudoso, y sin entender mucho, Marcus asintió, no se pondría a discutir con Adam.
–¡Que me digas! –le dio un zape en la nuca, haciéndole saltar del susto–. ¿Cuántos años tienes? ¡Se valiente, muchacho!
Marcus, frotando la zona afectada, suspiró y, más tranquilo, empezó a hablar.
–La mujer que amo… –y volvió a silenciarse, frustrado.
Pero Adam, no necesitó más.
–¿El Ángel de las Cuatro Alas? –Marcus asintió–. Más bien su reencarnación ¿Verdad?
El joven volvió a asentir con la cabeza.
–¿Y qué te hace dudar? –preguntó Adam–. Que ella sea eso, no significa que…
–¡Todo cambió! –se levantó Marcus del banco, con expresión sobresaltado, sosteniendo su pecho, el cual sentía apretado y adolorido–. ¡Es la reencarnación de la primera persona que amé! ¡Quién me ayudó a cambiar! ¡Quién hizo tanto por mí! ¡Y murió, ella murió hace más de tres mil años!
El viejo Adam, sin perder la calma, habló.
–Como tú dices, ella murió –dijo con mucha lentitud, pero remarcando cada una de sus palabras–. De lo que hablas, ya no existe, más que en tus recuerdos.
–¡Lo sé! –contestó Marcus de inmediato, exasperado–. Tarde cientos de años en olvidarla ¡La dejé ir para que descansara! ¡¿Por qué volvió?!
Se sentó otra vez junto a Adam, quién palmeó cariñosamente su espalda, transmitiéndole un poco de calma, diciéndole un “Estoy aquí, no estás solo”
–La energía nunca deja de existir, ni es consumida, solo se transforma –decía el anciano, tranquilo y sin apuro, mientras miraba las estrellas–. El alma no olvida, pero la mente no recuerda algo que nunca vivió –lo miró, Marcus tenía lágrimas en los ojos–. Ella te ama a tí, y tú la amas a ella, no hay algo como un sentimiento en su alma, más que “nostalgia” por algo que no “recuerda” –sonrió en su dirección, cálidamente–. Sus sentimientos no son algo pasado, son de este único presente.
–Yo la amo –dijo sin dudar, pero tampoco alegre–¡Pero temo que sea porque yo sí recuerdo lo que fue!
–Tienes miedo de ver a aquella Ángel, y no a ella –el anciano se levantó del banco, apoyándose en su bastón– No ser sincero, pero no te preocupes ¡Yo te lo resuelvo en dos patadas!
Marcus lo miró extrañado ¿Todos los Adams eran tan locos?
–No lo digo yo, lo dicen TODOS, jovencito –lo señaló con su bastón–. El alma, cuando el cuerpo muere, se desconecta de todo y todos, purificándose, olvida todo lo que fue, y elige un nuevo cuerpo, a partir del cual, vuelve a conectarse a todo y todos, pero de manera completamente diferente ¡Borrón y cuenta nueva!
Más que un poco, le costó comprender a Marcus este hecho, pero de alguna manera, lo hizo.
–Pregunta seria –Adam frunció profundamente su ceño, arrugándose como una pasa–. ¿La amas?
–Si, pero…
–¡Pero nada! –lo interrumpió el viejo, volviendo a sonreír, aún más radiante–. ¡Ya tienes la respuesta!
–¡Pero…!
–¡Marcus! –una voz femenina lo llamó, volviendo a interrumpirle
–Mírala a los ojos, y tendrás tu respuesta –pero Adam ya no estaba.
Marcus se levantó rápidamente del banco, y fue hacía ella dando pasos largos, ella estaba parada en el comienzo de las escaleras, que llevaban al porche de la casa, con sus pies descalzos en el frío pasto y alumbrada por la Luna Llena, pronto llegó a su lado.
–¿Estás bien? –su mano, de dedos largos y levemente callosos, tibias pero con las puntas de las yemas frías, se posó amorosamente en la mejilla de Marcus.
Y él levantó su vista hacía ella, algo temeroso aún.
–¿Qué pasó? –su otra mano se elevó, sosteniéndo su rostro–. Saliste como tiro después de dejar el teléfono, sabes que aquí estoy, aunque sea de compañía si no quieres hablar.
La observó con mucha atención, cada mechón de cabello, los perfectos imperfectos detalles de su rostro, sus ojos negros reflejando las estrellas, sus labios rosados dejando escapar su cálido aliento. Y rompió a llorar.
–¡¿Marcus?! –levantó la mirada del joven, evitando que este desviara la mirada.
–Tenía miedo –sonrió entre lágrimas, bastante saladas pero no amargas, de felicidad–. Mucho miedo de perderte…
–Ay, corazón –sin dudar lo abrazó, dejando que Marcus se apoyara en su hombro sin problemas–. No me vas a perder, tonto ¡Intenta no preocuparte por algo casi imposible! ¿Si?
Él asintió, mientras disfrutaba de la calidez y sinceridad que ella emanaba, entre sus brazos escuchando sus palabras de aliento.
Y graciosamente, el estómago de Marcus rugió, sacándoles una carcajada a los dos.
–Parece que alguien tiene hambre –dijo ella entre risas–. Mejor dejemos de pensar tanto y vayamos a cocinar ¡Yo también tengo hambre!
Tomados de la mano, subieron las escaleras, atravesaron el porche, y entraron a la casa, mientras ella contaba chistes de comida y él reía, felizmente unidos, como debía ser.